Si Manuel Valls aspira a la alcaldía de Barcelona, queremos a Viktor Orbán de presidente del Gobierno

El circo político perpetrado en Cataluña empieza a tomar tintes dramáticos. La última ocurrencia de los “constitucionalistas” (¡ojo!, los “buenos” de la película) ganadores de las últimas elecciones autonómicas, es presentar al exprimer ministro francés, Manuel Valls, a la alcaldía de Barcelona. Valls ha reconocido que sopesa la posibilidad de presentarse como candidato de Ciudadanos a la alcaldía de su ciudad natal, dado su interés por participar en la discusión política sobre la situación en Cataluña: “Me lo voy a pensar”, ha dicho el francés.

“Yo me he metido en este debate porque soy nacido en Barcelona, e hijo de catalán, y porque también quiero dar a Cataluña y a España lo que me han dado, mis orígenes. Y me he metido en este debate porque las consecuencias eran muy importantes para Europa”, ha explicado Valls sobre su implicación en la política catalana.

Pese a lo loable del hecho de que Valls pueda pensarse lo de ser el próximo alcalde de Barcelona (sin lugar a dudas, de manera mucho más eficiente y eficaz que Colau), el ofrecimiento por parte de Ciudadanos resulta de una imbecilidad y estulticia que raya lo esperpéntico y pone de manifiesto la Europa en la que creen estos señores: una en la que un primer ministro francés, un alcalde de Barcelona y un entrenador del Club Deportivo Manresa son intercambiables y la misma cosa en su mundo de mercaderes.