Sanfermines 2018. Pamplona tomada por las manadas

Este año no habrá abusadores sexuales con prevalimiento por las calles de Pamplona. Las mozas de Zugarramurdi han tomado la capital, se han envuelto la cabeza en burkas y yihabs, han cogido sus tambores y se han echado a las calles con gran aparato mediático. “Somos malas pero podemos ser peores” -gritaban. La gente aplaudía la charanga de quinceañeras envejecidas, engoriladas con todos los hombres, rojas de ira y locas por vengar algo que sucedió hace dos años y que conocen solo de oídas, del #yositecreo de la merma, el mantra de toda mujer empoderada.

Junto a ellas pasea otra manada. Son tan colegas (son hijos de la misma madre, la más puta que ha visto el mundo) que toman cachis juntos, se engolfan juntos e, incluso, echan unos cohetes juntos en algún portal abierto o en el cajero de la Kutxa. Son los hijos de ETA, unos auténticos mamaos. Se colocan las ikurriñas también a modo de yihab o pañuelo palestino, tapando su cara como buenos gudaris. Cachorros de ETA infiltrados en las instituciones navarras desde hace tanto tiempo que ya han conseguido que la gente piense que son de los suyos. Al mozo que silbe el ¡Qué viva España! le aporrean entre todos. Son cobardes, como sus padres. Están sueltos y desbocados.

Estas dos manadas han dejado a la altura del betún a aquella antigua de los guiris, mamada y confundida, con ganas de muerte en los encierros. Siempre pagaban el pato por “patosos”. Hoy siguen celebrando sus tonterías, sus saltos al vacío o su particular Mardi gras con tetas al viento y tocamientos. Llamaba la atención ver a aquellos americanos bebiendo calimocho de los pitorros de las chavalas con los pechos desnudos. Hoy son una chiquillada, una tontería sin importancia.

Cada día da más asco la fiesta del obispo de Amiens.