Salvar los toros en la TV, una tarea prioritaria

En estos días se han lanzado varios avisos para navegantes: las grandes operadoras de las telecomunicaciones están por replantearse sus ofertas sobre fútbol si los derechos de emisión no se reconduce, fuera la burbuja actual que atraviesan. Pero si eso ocurre en un área temática realmente masiva como es el balompié, ¿cómo actuarían en el caso de los toros si protagonistas de los ruedos no racionalizan sus condiciones? Aunque el Estado y distintas comunidades autónomas recula en su atención a la Fiesta, hoy por hoy se mantiene el antiguo Plus Toros y la incipiente fórmula, cogida con alfileres, de Taurocast. Pero no conviene olvidar el caso del fútbol: después del desmadre en los dineros, ahora se avecinan vacas flacas.

Para los grandes empresarios, la pequeña pantalla sigue siendo un respiro económico; los demás organizadores tienen que conformarse con las pocas cadenas autonómicas que aun se preocupan por los toros. Pero conviene estar advertidos: las plataformas de las telecos cada vez quieren más rentabilidades en la gestión de los contenidos que ofertan, fútbol incluido.

Cuando las circunstancias en la actividad privada se complican, habría que plantearse cuál es el papel que le debiera corresponder a los medios de titularidad pública. Y en el caso de la Tauromaquia no es cualquier cosa: se trata de un bien del Patrimonio cultural de España, que las instituciones públicas deben proteger y promover en cumplimiento de las leyes vigentes.

Pero ha sido todo uno: entrar en vigor las dos leyes básicas sobre la Fiesta y la televisión que depende del Estado ya no cumple ni aquel compromiso que adquirió de ofrecer al menos un espectáculo al año, que tampoco era un compromiso como para tirar cohetes. Pero de forma paralela, las televisiones autonómicas –salvo honrosas excepciones– también han quitado el pie del acelerador taurino. En unos casos por los recortes presupuestarios; en otros, pura y simplemente por cuestiones de ideología temática en base a supuestos condicionantes identitarios.

Sin embargo, por más dificultades que se encuentren en el camino, la presencia de los toros en la pequeña pantalla es necesaria. En primer término, porque responde fielmente a los propósito de protección y promoción de la Tauromaquia a los que el Estado se comprometió con sus dos leyes taurinas y su Pentauro. Pero, además, le conviene a la Fiesta misma y a quienes hoy la gestionan, porque en la sociedad actual necesitan salir de sus pequeños reductos para convertir el arte de los toros en un acontecimiento globalizado. Claro que eso exige racionalizar el negocio de los toros en la televisión, no planteando posiciones que hagan abandonar a quienes controlan los grandes medios.

En suma, cada vez se echa más en falta que los taurinos contaran con su propia organización al estilo de la Liga Profesional. Pero semejante idea constituye una monumental utopía: aferrado a sus yoismos, los taurinos no tienen cuerpo de jota para propuestas semejantes.