Rojos matando rojos en Cabeza de Buey, Extremadura.

Hemos sostenido que Franco no sólo salvó la vida de derechistas, centristas, izquierdistas moderados, falangistas, tradicionalistas, católicos… Franco también salvó la vida de rojos. Y es que la inveterada costumbre de los rojos de fusilar a los rojos estuvo muy presente en nuestra Guerra Civil.

Pedro Martínez Cartón, diputado comunista por Badajoz, estableció una oficina de reclutamiento en Cabeza de Buey  aparentemente para  voluntarios pero exigiendo, en realidad,  el enrolamiento forzoso de todos los hombres de hasta 45 años.

El 26 de noviembre, el Comandante José Rodríguez Pérez, jefe militar de la plaza, pretendió reunir a los reclutas en el campo de aviación y empezó a circular el rumor de que la aviación enemiga aparecería y ametrallaría a los allí convocados. Esto prendió en el ánimo de las mujeres que se encargaron de difundir la idea ampliamente y se terminó desencadenando un motín: la oficina de reclutamiento fue asaltada y el Comandante Rodríguez y los miembros de su escolta detenidos.

Pronto aparecieron los refuerzos que se habían pedido a Castuera y estos se hicieron con el control de la situación. Inmediatamente, el Comité Local ―formado por ugetistas, anarquistas y republicanos de izquierda― era destituido y sus miembros detenidos y conducidos a Castuera.

Antonio Villarroel, comisario de guerra y miembro del Partido Comunista, Anselmo Trejo, juez militar de la zona y Juan Casado, socialista y gobernador civil, formaron un tribunal que condenó a muerte a los revolucionarios más distinguidos en los sucesos, sobre todo anarquistas y algún ugetista, que serían fusilados en las noches siguientes junto a numerosos derechistas, estos últimos sin ninguna relación con lo sucedido.

El que puso en práctica las órdenes sería el Comandante Rodríguez. Al frente de los pelotones de ejecución estaba un comandante de milicias que mandaba un llamado Batallón de Ferroviarios.

Las víctimas de estos fusilamientos recibieron sepultura sin cajas amontonándolas en tres zanjas correspondientes a las tres tandas o noches en que fueron asesinados dentro del mismo cementerio. En el Registro Civil de Cabeza del Buey se inscribieron con posterioridad a la ocupación por los nacionales un total de sesenta y tres defunciones violentas ocurridas entre el 26 y el 30 de noviembre.

Además de los derechistas asesinados, el número de izquierdistas fusilados en Cabeza del Buey ascendió a trece según el artículo publicando en Tierra y Libertad, portavoz de la FAI («en el pueblo de Cabeza de Buey fueron asesinados con alevosía cinco camaradas de limpio historial dentro de la C. N. T. y dos camaradas de la misma condición moral de la U. G. T.; además, otros seis compañeros de menor actividad en la lucha sindical»).

Al ser puestos en libertad el resto de los miembros del Comité revolucionario de Cabeza del Buey, gracias a la intervención del Comité regional anarquista, tuvieron que escuchar las siguientes palabras de Villarroel que son el más trágico balance del suceso que había costado la vida a decenas de personas inocentes: “De buena os habéis escapado, os habéis librado por chiripa, porque de estas cuestiones hay que sacar el fondo. Para matar dos culpables hay que matar también ocho inocentes“.

No sabemos si las fosas en que fueron enterrados estos izquierdistas  junto con derechistas,  fueron abiertas en su día. Quizá ahora el rojerío patrio se ponga a ello. Y no se descarte nunca que una fosa,  llenita de rojos fusilados,   podría  ser obra de los propios rojos para enterrar depurados.