Repostando. Por Manuel Escolano.

Es fascinante como se pasa de un pensamiento a otro, y de este a otro, y luego a otro más, que no tiene nada que ver con el primero de todos. Desandar el camino de la cadena lógica es una actividad intelectual de lo más interesante. Así, el otro día, mi idea original de parar a repostar me llevó, mediante una serie de pensamientos entrelazados, a la idea de querer ser Gengis Khan.

Así pues, paro en la gasolinera, y después de llenar el depósito y buscar en vano un cepillo para eliminar los mosquitos del parabrisas, me dirijo a pagar a caja. La primera en la frente: el diesel ha subido y me dejo en el repostaje 60 euros. Claro, Pedrito nos ha subido el precio del diesel para poder pagar las reformas que quiere hacer, y nos ha tenido entretenidos hablando de los huesos de Franco, del Aquarius y de su padre, y no nos hemos dado cuenta de que nos han subido el combustible hasta la hora de pagar; no es mala política: en vez de gobernar, te tengo entretenido, hago campaña… y la pagas tú. Esto último es lo mejor de todo.

Refunfuñando para mis adentros, le pregunto al joven de la caja si no hay un cepillo y un cubo de agua para limpiar los cristales, ya que me he dejado 10.000 pesetas del ala (esa es otra: la de los euros de las narices). Me contesta que sí, que los hubo y más de uno, pero que se los llevaban, como el papel del baño y los guantes de plástico. Y los surtidores se llevarían, si no estuvieran o estuviesen atornillados al suelo.

Resignado, me vuelvo a mi coche y… oh, casualidad, me encuentro a una compañera de trabajo repostando. Intercambiamos saludos encantados de constatar que nuestros compañeros de trabajo existen fuera del mismo, y tienen vida, y no desaparecen en la máquina de fichar. Me comenta feliz que está rellenando porque, por fin, se va de vacaciones, cuando observo que apenas puede mantener la manguera dentro de la boca del depósito. Le ayudo a sujetarla, no pudiendo evitar pensar que, ya que me han subido el diesel, podrían tener un empleado que hiciera estas labores, le pagaran, y le detrajeran los impuestos correspondientes. Así podrían pagar mi pensión, además de ahorrarnos pagarle el paro.
No acaban ahí mis pesares; mientras hablo con mi amiga veo sentado en el asiento del copiloto a un animalito de buen tamaño que presumo su hijo… que mientras esta mujer menudita y rubia se esfuerza por mantener el equilibrio manguera en ristre, está chateando tan fresquito utilizando ambos pulgares con pericia digna de mejor propósito. Para que no me tachen de machista, donde pone animalito, ponga animalita, y donde pone madre ponga padre. Da igual.(Para mis amigas podemitas: atención, pregunta: ¿ quien es más machista, el chico por dejar trabajar a la mujer, explotándola,… o yo por ayudarla, dando por sentado que sin la ayuda de un hombre, una mujer no puede ni repostar? Creo que para resolverlo, habrá que utilizar el lenguaje y lógica podemito-feminista: somos más machistas los dos).

De vuelta en mi coche, camino a casa, me dio por reflexionar sobre estos diez minutos repletos de enseñanzas: lo peor de todas estas historias, la del parabrisas, la de la subida del precio, etc… es que nos hemos acostumbrado.

Nos hemos acostumbrado a que nos distraigan con tonterías, y que nos escamoteen lo importante. Nos hemos acostumbrado a quesea lo normal que si uno se deja algo sin atar, se lo lleven.
Nos hemos acostumbrado a realizar tareas que hacían otros, y cobraban por ello. Repostar. Sacar billetes de avión. Comprar en persona, y no por Amazon. Todos esos sueldos, y puestos de trabajo, se han perdido. Así como sus contribuciones a la seguridad social.

Nos hemos acostumbrado, también, a hablar con locuciones desesperantes en lugar de con personas. A hacer el trabajo de las grandes compañías. Hay quien hasta contesta las encuestas de satisfacción para que éstas puedan trabajar mejor, manipularnos mejor, y ahorrarse más sueldos. De traca.
También nos parece normal que Google utilice nuestras búsquedas de internet para saber qué anunciarnos, qué ofrecernos… y, naturalmente, qué votamos y cómo manipularnos. A nosotros, y a los que tienen nuestro perfil… que nosotros les facilitamos!!

También nos hemos acostumbrado a que nuestros hijos habiten en una galaxia muy, muy lejana, durante una adolescencia autista de unos quince años de curación… es lo normal.

El porqué hemos consentido que nos traten como ganado de cría sin rebelarnos, que nos pastoreen sin que digamos ni pío, que nos expriman, toreen y vacilen como a peleles, no lo sé. Lo que sí que sé es que te hace añorar los buenos viejos tiempos en los que le cortabas la cabeza a quien te trataba como a una res… y en este punto de mis reflexiones me descubrí rechinando los dientes, cabalgando en mi caballo, y deseando arreglar las cosas al estilo mongol.

Es curioso como uno acaba queriendo ser Gengis Khan porque no puede limpiar los mosquitos del parabrisas.

1 Comentario

  1. Soy de la ya generación educada con el marxismo cultural. Puedo entender ciertas cosas, pero no de la gente más mayor que en la teoría no le tocó.
    Buena reflexión.

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