Quid Prodest

En esta democracia de urnas cotidianas sin independencia judicial. En esta democracia que no pasaría la “selectividad” de Montesquieu. En esta democracia iluminada por el sectarismo político y no por el “Espíritu de las Leyes”. En esta democracia de charlatanes sin patria, de demagogos sin talento, de pueblos que quieren estados para sus corrales y sus campanarios, y banderas de respeto para su embutido y su baile regional, todo es posible. Siempre y cuando, claro, incentive el cantonalismo y el “hunga-hunga” tribal. Todo.

Y todo aquello que no haga flamear esas banderas debe quedar encadenado en el fondo de la Caja de Pandora, allí donde bosteza la esperanza. Pandora, como Caín, también era española.

Una juez y un fiscal nos dieron esperanza. Sus medidas judiciales contra la caterva de botarates separatistas levantaron al español del sofá como sólo es capaz de hacerlo un gol o un revés de Rafa Nadal. Que ése es nuestro rasero patriótico colectivo. José Manuel Maza preparó las querellas contra el bandolerismo separatista, y la juez Lamela les puso a los que pudo, a los que fueron cayendo en el regazo de su toga y en la metopa de su independencia, una celda con vistas a los Balcanes, osario de las naciones que dejaron de serlo.

Entraron en pánico. No los separatistas, no. El pánico se desató en los pucheros del consenso, en los que ya se cocinaban el pacto y el apaño para que el separatismo volviera al redil constitucional, estatutario y democrático un par de lustros más, justo el tiempo de cocción necesario para que de las masías independentistas (parvularios, colegios, institutos y universidades) salga la masa de maniobra cuantitativamente necesaria para que el odio a España sea el cagané de todas las urnas catalanas. De las constitulegales, también.

A la juez Lamela le están preparando la geometría jurídico-conveniente para arrebatarle la competencia sobre los bandoleros separatistas que han caído en su juzgado de la AN, para pasársela a los corrales del TS donde el destino de los traidores, después de mentir un mea culpa, es el AVE a Barcelona y un puesto en una lista electoral. Pelillos a la mar y aquí no ha pasado nada.

De Carmen Lamela nos quedará siempre la memoria de su dignidad, y del Fiscal General del Estado, José Manuel Maza, sus querellas por rebelión, sedición y malversación que propiciaron el encarcelamiento de los traidores a España. También nos queda la pregunta que, desde las togas romanas hasta nuestros días, todo fiscal, todo juez, todo abogado y cualquier policía se hacen ente una muerte súbita e inesperada y ante un cadáver incómodo, pero “conveniente”. Quid Prodest. ¿A quién beneficia?.

Eduardo García Serrano