Pablo Placebo. Por Eduardo García Serrano

La emperatriz Josefina padecía, como casi todas las mujeres, frecuentes jaquecas. Tal era su lamento que Napoleón Bonaparte le endosó el tratamiento de la emperatriz a su médico personal, el célebre doctor Larrey. El galeno le proporcionó a Josefina un placebo consistente en miguitas de pan a las que dotaba de apariencia de pastillas envueltas en farmacológico papel de plata. Mano de santo. El placebo funcionó, las jaquecas desaparecieron y Napoleón pudo acceder, con la frecuencia por él deseada, al tálamo de la emperatriz siempre, eso sí, con el permiso de Fortunet, el perrito de Josefina, que le profesaba a Bonaparte la misma simpatía que los borbones.

Eso es exactamente Pablo Casado: un placebo. El placebo envuelto en el ideológico papel de la derecha española con el que el PP pretende volver a engañar a sus votantes, los que aún le quedan y sobre, todo, a los que han “emigrado” a las papeletas electorales de VOX y de C,s. Pablo Placebo solo tiene un objetivo, recuperar el poder, porque es su modus vivendi, y para ello está dispuesto a seguir haciendo cierta, pervirtiendo su sentido original, la frase de Churchill: “nunca tan pocos engañaron tanto a tantos”. Por eso Pablo Placebo saca pecho asegurando que “el PP ha vuelto”… a las andadas.

Por lo demás, Pablo Placebo y los candidatos por él derrotados en las primarias del PP son todos con el Simón (aún no era San Pedro) de la noche de jueves a viernes santos de hace más de 2000 años. Sólo les ha faltado decir que no le conocen ¿Quién es éste tal Rajoy? Produce vergüenza y asco oírles desmarcarse de la gestión del que hasta ayer fue su “gran timonel”. Todos ellos apoyaron, con entusiasmo digno de mejor causa, las decisiones hispanicidas de los gobiernos de Rajoy, porque en el aplauso norcoreano y en la adulación persa les iba el sueldo, el cargo y la promoción de sus carreritas.

Pablo Placebo, sus cadáveres de las primarias, sus pretorianos de hoy y sus enemigos de ayer son todos unos mercenarios de la política sin verdades permanentes, y ahora que el condotiero que compró sus voluntades y la oquedad de sus conciencias se ha ido, porque le han echado, claman por la recuperación de los principios y de los valores que arrojaron por la borda de una mayoría absoluta inédita allá por las calendas de 2011, cuando el PP, además de tener 176 diputados en el Congreso y mayoría absoluta en el Senado, gobernaba en 13 Comunidades Autónomas, en 40 ciudades capitales y en innumerables ayuntamientos pequeños, medianos y grandes. Nadie ha tenido en España, desde la muerte de Franco, tanto poder en sus manos como aquél PP de 2011.

Lo arrojaron todo por la borda para darle continuidad a la nefasta política de Zapatero. Desvertebraron, aún más, la osteoporósica unidad de la Patria. Elevaron a los altares, aún más, las tóxicas leyes de la Ideología de Género y de los homosexuales de todo pelaje. No movieron un dedo contra la Ley de Memoria Histórica, ni contra el mal llamado matrimonio gay ni contra la Ley del Aborto. Le abrieron la jaula a más asesinos de ETA de los que soltó Zapatero y culminaron el proceso de claudicación del Estado ante los terroristas, iniciado por socialistas, comunistas y separatistas.

Todo eso, y más, lo hizo el PP. Soraya ejecutaba y Pablo Casado aplaudía. Ahora Pablo Placebo se llena el pelo de ceniza y clama por la recuperación de los principios y los valores sobre los que él bailó el Zapateado de Sarasate. Mucho ojo porque los placebos, los del doctor Larrey y los de Pablo Casado, son muy efectivos sobre todo en pacientes hipocondriacos o desesperados.