Pablo Iglesias, el opulento Zar de los parias. Por Eduardo García Serrano.

Menos el odio y el rencor, todo en él es impostura y pose. Llegó a la política desde la endogamia universitaria, tutelada por Jorge Verstringe y Juan Carlos Monedero, en ése Stalingrado low-cost que es la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense de Madrid y haciendo surf sobre la ola de corrupción y pobreza institucionalizadas que la crisis financiera internacional convirtió en España en una galerna de parados y desahuciados.

Es un charlatán que envuelve su demagogia en la dialéctica marxista. Tuvo éxito porque la desesperación idiotiza al sensato, fanatiza al mediocre y deja en la intemperie emocional al que lo ha perdido todo menos la necesidad de trabajar para adecentar su vida y dignificar la de sus hijos. Desde ése albañal, que él no creó pero que sí agitó, Pablo Iglesias y sus mariachis pijo-bolcheviques, saltaron de la cantina de la Facultad de Ciencias Políticas y desde el bar de colegio mayor progre a los escaños parlamentarios sin más armaduraque las consignas de sus pastores universitarios, cuyas criaturas académicas son, en el mejor de los casos, la evidencia de su fracaso docente.

Pablo Iglesias predica como un Jerónimo Savonarola rojo, pero tiene los mismos gustos y las mismas debilidades inmobiliarias que Iñaqui Urdangarín. Pablo Iglesias predica como Lenin, pero siente la misma pasión adictiva por el dinero que la Infanta Cristina. Pablo Iglesias, como Lenin, necesita para alimentar su mito y hacer de su fortuna un botín de obesidad mórbida que las cosas vayan y estén “cuanto peor mejor”. Pablo Iglesias sabe que no hay que redimir a los pobres, que no conviene llenar de decoro sus vidas ni de pan sus despensas. Hay que inflamarlos con discursos incendiarios y consignas homicidas para que, desde los manteles del hambre y el bostezo del paro, le llenen a él la urna de votos. Votos que, con la alquimia electoral, el gran demiurgo democrático transforma en oro para él, en lujo burgués para él, para su zarina roja versace y para sus vástagos, que dormirán acunados por la Internacional en una casa de lujo capitalista mientras sus votantes tienen que elegir entre llenar el carrito de la compra o pagar la hipoteca sin recurrir a la magra pensión del abuelo ahora que papá, como mamá, también se ha quedado en paro. ¡A las barricadas, camaradas. Viva la Revolución!