No brilló la mirada de Prometeo. Por Eduardo García Serrano

En la Constitución de 1978 no brilló la mirada de Prometeo, y aunque la Historia es escasamente capaz de preservar la memoria de cualquier cosa que no sea un mito, más allá de la idealización de los conceptos y del lenguaje con el que son expresados, hoy, en el festivo macrobotellón institucional que, como cada 6 de diciembre, la memoria democrática impone con el implacable rigor de las leyes mosaicas, es imposible olvidar y es obligatorio recordar que la disolución de la Nación española que en 1978 gozaba de un estado sólido y que durante décadas se fue licuando en el consenso constitucional, 39 años después está a un paso de alcanzar el evanescente estado gaseoso que sólo es el andamio del humo, la estructura de todo lo ingrávido.

España ya no es una palabra que bautice una Patria antiquísima, surgida cuando nosotros no teníamos conciencia de existir. España es sólo una marca, la etiqueta de una mercadería, el icono de lo que tenemos pero no de lo que somos porque en la Constitución de 1978 renunciamos a ser lo que fuimos.

Por eso gritar hoy ¡Viva la Constitución! equivale a santiguarse, rito sagrado de la liturgia pagana que ha sacralizado un texto jurídico-político mandando a las sacristías de lo accesorio a la Nación para la que fue redactada.

Si la grandeza de España fue convertirse en una sola Patria para muchas naciones construidas en el primer Imperio pentacontinental de la Historia de la Humanidad, la celebrada Constitución de 1978 hizo de esa Patria universal una suerte de mazmorra de taifas, mandarinatos y satrapías sin más punto de encuentro que el desprecio a la Nación que las “encadenó” a un destino común.

La Constitución de 1978 que pretendió suavizar viejos odios sólo ha conseguido alentar rencores nuevos porque intelectual e ideológicamente se nutre de los gérmenes de la izquierda y de los separatistas, abonados con entusiasmo por esa raza de pedantes decadentes de la derecha política a los que les tembló el pulso y les flaqueó el ánimo cuando Francisco Franco los dejó huérfanos.

No, en la Constitución de 1978 no brilló la mirada de Prometeo. Brilló sólo el pábilo canijo de los complejos y el miedo de unos políticos que engrandecieron con su pánico a una izquierda incompetente y a un separatismo irrelevante. Treinta y nueve años después tan remoto suena ya tu nombre, España.