Memoria Histórica Borrada: Los mártires de Sigüenza y Fernán Caballero

En aquella España vitriólica y descacharrada de 1936, cuando ya las inminencias de la Guerra Civil encharcaban nuestras urbes con los primeros jugos de la putrefacción cadavérica, el asesinato de religiosos se tornó en aliviadero de las más abyectas y excrementicias pasiones de los rojos. Mucho antes, incluso, de que se produjera el alzamiento del 18 de julio, o de que la presunta pátina de brillantez republicana se resquebrajara y mostrase tras los añicos su vera faz —faz que se develó enfurecida y cochambrosa—, los ataques a la Iglesia Católica se acuñaban por doquier como cuartos de baratillo. Quien por entonces, enceguecido por la rabia y por el odio, blasonara de ideología carmesí y ansiara proclamar al mundo su rojiza filiación, no podía sustraerse a un insulto enrabietado, a las golpizas a los ensotanados o a las gregarias violaciones de alguna monja inadvertida, que aún hoy alguna miserable celebra con alacridad. Las quemas de conventos y de iglesias se tornaron en deporte nacional; y un bonete, un rosario o un la imagen de un Cristo en piezas a cobrar y destruir, en víctimas de vilipendio y de profanación. Así, sumidos en ese anticlericalismo homicida que algunos tanto se ufanaron en propalar —especial relevancia cobró, entre otros, la revista Leviatán, panfleto liberticida y tiranoide dirigido a la sazón por el socialista Luis Araquistain—, muchos fueron los que se aplicaron con denuedo a tan salvaje tarea y dejaron con ello, como remedando esas eflorescencias guarras que marchitan a las piedras ya vetustas, un baldón insoslayable en la historia de aquellos tenebrosos años.

Uno de estos crímenes salvajes fue el de los mártires de Sigüenza y Fernán Caballero, que ahora, si me lo permiten, glosaré brevemente.

Sucedió la historia el 28 de julio de 1936, en los albores de un conflicto que pronto nos abasteció de cadáveres y de un poso denso de rencor que aún persiste.

Ante el clima antes reseñado, el Padre Provincial de la Congregación dio la orden de abandonar el seminario de Zafra y trasladarse a Ciudad Real, donde las acechanzas guerracivilistas parecían no haber cobrado aún el ríspido cariz con que se teñían otras zonas.

Salieron hacia allá, eviscerados del hogar, los catorce seminaristas; catorce jóvenes que ansiaban un sacerdocio salvífico y aglutinador, y que a la postre, por ese cruel decurso que asenderea la sinrazón, se toparon con un fin prematuro que habría de inscribirlos en los devocionarios. Al llegarse hasta allí, sin embargo, su situación no hizo sino empeorar.

En el tabuco en que se hospedaban los muchachos —casi un cascarón vacío, con las paredes tachonadas por el abandono y por la mugre—, mujeres enfermas de sicalipsis, amortajadas de lascivia y de adentros guarros, se paseaban por entre ellos; rameras sin honor ni dignidad que se valían de sus cuerpos para incitar a la más vil concupiscencia y a la defección seminarista. Les mostraban, entre despectivas y promisorias, sus desnudeces níveas e intonsas; les lanzaban unos besos bruscos, casi atrabiliarios, que llevaban en su seno un olor almibarado, como de aguardiente o de pacharán confuso, y les dedicaban risotadas e insinuaciones. Intentaban esbozar una belleza deseable y excitar los ánimos más carnales de los muchachos, pero en el interior de estas mujeres no había más que corrupción, una inclemente podredumbre que les había carcomido el esqueleto moral y las arrojaba al légamo de la iniquidad. A un tiempo, milicianos con el honor empodrecido los zaherían con insultos y escupitajos, en una suerte de inclemente ataque con el que pretendían socavar el estado aún animoso de los claretianos. Y así siguieron los denuestos y lo excesos catervarios, hasta que, finalmente, los catorce hubieron de salir para Madrid.

Al llegar a la estación, las amenazas comenzaron a tornarse a un tiempo crudelísimas y premonitorias. Arreciaban los insultos y los empujones, y a pesar de ello los seminaristas, trémulos de una beatitud que para entonces ya comenzara a develarse, elevaban deprecaciones y rogaban el perdón para aquellos que los maltrataban; soportaban las vejaciones sin decir un “ay”; soslayaban los denuestos o los respondían con un gesto de acendrada piedad, sin mostrar resentimiento, rabia o enojo alguno. Podían anticipar cuanto iba a suceder, pero la asunción del martirio se les había entremetido en el corazón.

Subieron al vagón entre un tráfago de voces apaleadas por el alcohol, envueltos en un griterío aturdidor que las toses escrofulosas de la locomotora no llegaban a sofocar. El tren se había convertido en una suerte de ciempiés viscoso, en un gusano infecto que devoraba cuanto se encontraba en su camino; en una pechera sucia, atestada por baldones guarros, que la historia no habría de lavar jamás.

Al llegar a Fernán Caballero, la tragedia se consumó en dos tristes actos.

Los muchachos fueron obligados a descender al andén; los dispusieron en línea y los fusilaron. Apenas uno o dos segundos después, el eco de la salva de disparos disipó unos gritos sin resuello, unas voces fatigadas que gritaban: ¡Viva Cristo Rey! Los cuerpos como invertebrados de los seminaristas, entregados a una laxitud como de títeres sin hilos, se derrumbaron en un repente, enjugados en una sangre que muy pronto habría de traer sus frutos.

Tan solo Cándido Catalán, un joven navarro de apenas veinte años, de aspecto bonancible y despistado, resistió un poco más. Según testimonio recogido por el P. Federico Gutiérrez en su libro Mártires claretianos de Sigüenza y Fernán Caballero, el cuerpo enteco del muchacho, descalabrado por las balas y por las últimas calamidades, fue confortado en sus últimas horas por el cuidado de dos mujeres: Carmen Herrera y Maximiliana Santos, que se apiadaron de su estado y ayudaron a los médicos en ese postrero trago.

Más tarde, como epílogo siniestro, llegarían los asesinatos del claretiano Felipe González de Heredia y del sacerdote José María Ruiz, quien fue fusilado en Sigüenza tras elevar unas sentidas deprecaciones y proclamar el perdón a sus asesinos. El hermano claretiano, por su parte, tuvo que aguardar hasta el dos de octubre, fecha en que fue trasladado hasta el cementerio de Fernán Caballero desde la checa del Seminario. Durante el trayecto, dos milicianas deshabitadas de piedad le aguijoneaban las costillas a navajazos. Era su forma de divertirse.

Antes de expirar, sacerdote y fraile perdonaron a sus asesinos.

Gervasio López