Memoria Histórica Borrada: La represión que se quiso ocultar en Santander: El Faro de Cabo Mayor, el buque prisión Alfonso Perez, y la Checa de la calle del Sol.

Al comenzar la guerra civil Española, el 18 de julio del 36, cuando se produjo el pronunciamiento militar, obviamente no toda España secundÓ el alzamiento; si no, no hubiera habido guerra.

Uno de los lugares en los que no triunfó fue en Cantabria, que permaneció bajo el control republicano. En la zona sur, aún se conservan las trincheras, en el alto del Escudo, debió ser tremendo; pero allí había una guerra, tenía su razón de ser, dos sensibilidades, dos formas distintas de vislumbrar España se enfrentaban, de cara, por las armas, con arrojo y valor, triste, en un conflicto fratricida, pero real, de forma valiente por ambos bandos. Pero mientras… qué pasaba en retaguardia, allí la represión roja como en otros muchos puntos de España, fue brutal, inmisericorde, cobarde, sin diferencia hombres, ancianos, mujeres o niños.

En la capital de Cantabria, Santander, se inició una gran represión por parte de las autoridades republicanas y también por parte de las milicias pertenecientes a los partidos izquierdistas y anarquistas, pero no contra combatientes, ya que era en retaguardia, se produjo sólo contra personas que se suponía pudieran ser simpatizantes de los sublevados.

En Santander como en Madrid, y en general en toda zona donde estuviera el Frente Popular, se pretendía evitar que estos presuntos simpatizantes pudieran colaborar desde dentro con los “nacionales”, y para ello decidieron que lo mejor era la eliminación sistemática de los mismos, esto se hizo a través de “Las Checas”, que siguiendo el modelo estalinista eran centros donde se acumulaban detenidos, se les torturaba, para obtener nuevas delaciones, y finalmente se les daba el “paseo” del que no volvían,
En Santander, existían tres de estas checas: la Municipal, la de la Calle del Sol y la de los Ángeles Custodios, a las que habría que añadir el buque-prisión Alfonso Pérez, fondeado en la Bahía. En ellas o a través de ellas decenas de sacerdotes, religiosos, militares o simples católicos fueron torturados y asesinados.

El máximo responsable chequista, era también el jefe de la Comisión de Policía del Frente Popular, era Manuel Neila, un antiguo dependiente, que sacando de dentro un odio inusitado fue el responsable de muchas de las torturas causadas, los robos en propiedades particulares y los asesinatos y paseos a los sospechosos de desafección con la República. Una de ellas, la barbaridad cometida en el buque-prisión Alfonso Pérez, en diciembre del 36, en el que sirvió de disculpa un bombardeo de los nacionales, para dar una respuesta vengativa que sirviese de escarmiento en el barco Alfonso Pérez. Neila y otros dirigentes rojos junto a un grupo de milicianos, hicieron en el barco un tribunal de “justicia” en el que iban dictando sentencias de muerte y ejecutándolas sobre la marcha, hasta que en un momento dado, decidieron que sobraba hasta el paripé de juicio, prescindieron del trámite y fueron ejecutando a los recluidos lanzándoles bombas de mano y ráfagas de ametralladora, siendo exterminados. A continuación se hicieron sacas de las checas y de los pocos que habíen sobrevivido en el buque y fueron fusilados en las tapias del cementerio de Ciriego, o lanzándolos vivos por los acantilados del faro de Cabo Mayor.

El tal Neila, huyó posteriormente a Bayona, donde fue detenido por chorizo, así como por sus asesinatos, desde España se intentó pedir su extradición sin éxito, posteriormente se marchó a Méjico,(era el responsable de cientos de asesinatos), finalmente se arrepintió (se ve que su conciencia no le dejaba dormir) y vivió como un católico practicante hasta la década de los sesenta, en la que murió.

Volviendo al Faro de Cabo Mayor, allí se alzó un monumento en memoria de centenares de víctimas sacrificadas; a poco que uno se encuentre allí y se haga una idea de lo que pudo ocurrir, entenderá la cara desgarradora del tipo que se aferra a la Cruz, intentando no caer contra las rocas del fondo. Ese monumento tenía una leyenda de arriba abajo en la que podía leerse: Caídos por Dios y por la Patria. Aunque después los inventores de la “Memoria histórica” hijos ideológicos de aquellos asesinos, decidieron que era mejor no recordar sus crímenes y desmantelar el monumento. Aunque en su maldad aún fueron más lejos, sólo quitaron la leyenda, y se han dedicado a decir incluso en los autobuses panorámicos que recorren Santander, que el monumento es de reciente realización y se hizo en homenaje a los republicanos que desde allí eran lanzados por los Franquistas, qué forma de reírse de las víctimas, hace falta ser hijos de puta.

El faro se alza sobre un acantilado de unos cuarenta metros de altura (si uno se asoma, parece mucho más), y cae a plomo sobre las aguas y peñascos que sirven de base, una vez asesinadas las víctimas eran arrastradas por las olas. Con el paso de los años, también se ha pretendido silenciar esos recuerdos de la otra memoria histórica, desde la prensa y desde artículos de pseudo-historiadores dicen que todo fue un mito. Y se basan precisamente en el procedimiento judicial, seguido después de la guerra y conocido como la “Causa General” en la que los jueces no encontraron a nadie a quien poder condenar por esos crímenes, lo cual no quiere decir que los mismos no se produjeran; desde el propio Diario Montañés, se llega a afirmar que es fruto de la invención y que no hay asesinados constatables con nombre y apellidos, que donde se arrojaba a la gente al mar era en la zona de Cueto. Este redactor mantiene lo contrario, y se basa en varios hechos. El primero que de manera personal escuché el relato de varios ancianos naturales de Santander que habían presenciado algunas ejecuciones. Desconozco aunque no descarto que en Cueto ocurriese también lo mismo, pero que el Faro de Cabo Mayor fue un centro de ejecuciones, lo puedo afirmar por habérmelo referido testigos directos de los hechos.

¿Qué pudo ser leyenda?

Nadie niega que el imaginario popular acrecienta los hechos y se afirmaba que los torreros del Faro de Cabo Mayor, se volvieron locos, de ver tantas ejecuciones.
Eso puede ser falso. (Casi con seguridad lo sea).
Dicen también que algunos submarinistas habían presenciado en el fondo un macabro bosque de cadáveres que permanecían erguidos, anclados a una piedra por una cuerda atada a los pies. (Eso seguramente sea falso, al que tirasen desde allí le sobraba la piedra seguro; y además el juez instructor hizo bajar buzos y no vieron nada de eso. Lo cual no quiere decir que no se hubiera lanzado gente sin piedra por aquel lugar. Que fácil hubiera sido mentir en la “Causa General”, armar una mentira y decir lo contrario con afán propagandístico.

Además de mi experiencia personal contamos con más información que ratificaría la existencia de estos hechos. Como por ejemplo:

* El libro de Luis Araquistain “Por los caminos de la guerra”.

* El libro de Concha Espina “Retaguardia”

En ellos se cuentan los numerosos y terribles asesinatos.
Araquistain dice por ejemplo “Quien se asome a la baranda del faro, si es cristiano, hará que suba a sus labios una oración como encendido holocausto a los pobres mártires asesinados en el faro del cabo Mayor por la barbarie roja”.

Hay otro libro, este del Obispo D. Antonio Montero en el que cuenta como diecisiete monjes del Trapa, pertenecientes al Monasterio de Viaceli en Cóbreces (cerca de Santander) fueron maltratados, vilmente escarnecidos y llevados al faro del cabo Mayor, donde con las manos atadas a la espalda, fueron arrojados vivos al precipicio y que unos días después el mar devolvió a la costa los cadáveres de quince de ellos. Varios conservaban aún las ligaduras de las manos a la espalda y los labios cosidos con alambre para que no pudieran predicar.

También el historiador Jesús Laínz tras afirmar que existían testigos visuales de los hechos, ancianos de los que desconoce si aún puedan estar vivos, deja unas pruebas que por las fuentes de las que son obtenidas no dejan lugar a la duda:

Se trata de los testimonios de dos destacados dirigentes republicanos, el lendakari José Antonio Aguirre, habitante de una casa cercana a cabo Mayor, durante los dos meses que duró su estancia en Santander, entre la caída de Bilbao el 19 de junio y la de la capital montañesa el 26 de agosto de 1937; y el general Gamir Ulibarri, comandante del ejército republicano del Norte. En el informe redactado por Aquirre algunos meses después, explico lo siguiente sobre varios peneuvistas asesinados en Cabo Mayor por sus aliados republicanos.

“Al mismo tiempo comenzaron a llegar noticias bien desagradables. Habían sido asesinados varios vascos. Yo mismo soy testigo del espectáculo macabro que ofrecían cerca de las peñas cinco cadáveres desnudos recientemente asesinados. Esto cerca de la casa donde el Gobierno Vasco vivía en Santander, en el Cabo Mayor. Llamé al General Gamir. Le hice presenciar el espectáculo. El General se indignó con este motivo. Aquello no podía tolerarse. La americana de uno de los asesinados estaba en el jardín de nuestra casa con el agujero de la bala que lo había cruzado. Era el médico de San Sebastián, señor Zabalo. Así desapareció el redactor del periódico Euzkadi, señor Orueta, y los empleados del Departamento de Comercio y Abastecimientos, señores Gorostiaga y Lasa”.

En cuanto al general Gamir, escribió el 15 de julio una carta a Indalecio Prieto, ministro de Defensa, en la que, entre otros asuntos, mencionó la creciente hostilidad entre los izquierdistas santanderinos y los nacionalistas vascos en unos días en los que se comenzaba a sospechar una deserción de estos últimos, como efectivamente sucedería unos días después en Santoña. En dicha carta, Gamir escribió a Prieto sobre
“El temor [de los nacionalistas vascos] quizá a ser objeto de agresiones por parte de los de Santander que efectivamente se han traducido en molestias en orden gradual, llegando hasta los execrables paseos que continúan y que pude apreciar viendo los cadáveres en el mar, el día que estuve en Cabo Mayor dirigiendo la operación combinada de baterías y submarinos y aviones para la entrada del Habana”.Todo ello podrán encontrarlo en las Obras Completas del citado José Antonio Aguirre, Ed. Sendoa, publicado en San Sebastián 1981, en su volumen número I, en pág. 772-774.
Como cuestión anecdótica podemos referir la siguiente: ‘Llevar al Faro’ llegó a sustituir en el lenguaje popular de Santander a otro eufemismo, el de ‘dar el paseo’, este común en el resto de España

José Pedro Cruz