Memoria Histórica Borrada: El pacto de Santoña o cómo los “valientes gudaris” se rindieron a los fascistas (1ªParte)

Corría el año 1937, en plena Guerra Civil Española. El Gobierno vasco había proclamado la independencia de Euzcadi (entonces se decía con z), y … ¿desde dónde lo habían hecho?

Desde la sede del Gobierno vasco en Santoña. Muy curioso, que la única vez que Vascongadas ha sido independiente de España, lo haya sido desde las cántabras tierras de Santoña, entre mar y montaña; entre anchoas, queso Picón y sobaos pasiegos.

Situémonos, para conocer la historia y poder acallar con el conocimiento de la misma a tanto interesado en tergiversarla, desde el Muro del Pueblo Español, difundimos estos hechos, para público conocimiento.
Estos acontecimientos deberían haber sido calificados como “La gran traición de Santoña”, pero por estas cosas de la vida… (La historia a veces se muestra generosa con los cobardes), ha quedado maquillada como “El pacto de Santoña”.

¿Cómo podrían calificar nuestros lectores el siguiente comportamiento?: – Una tropa uniformada, con todo su cuadro de mandos plenamente operativo, desplaza a Italia a un negociador que pacta con el enemigo, el abandono del frente, y la entrega de sus posiciones.

Efectivamente; esto es un ejercicio de alta traición, que en la guerra se paga con el fusilamiento y en la paz al menos con la deshonra, pero en vez de eso, lo que permanece es que los gudaris se defendieron como numantinos… ¡Nada más lejos!

En el verano del 37, el ejército de la República se está batiendo en todos los frentes. En parte… en una gran parte, para defender los postulados del independentismo vasco, mientras tanto, el máximo exponente de las doctrinas independentistas, el PNV; un partido político que tenía su propio ejército, se plantea llegar a un acuerdo con el enemigo, para sacar a sus tropas de la lucha y abandonar el frente. La 2ª República da la cara por el Gobierno Autónomo Vasco, pero ellos no quieren asumir el destino de la República. (Al fin y al cabo… ellos no son España, esta guerra no va con ellos y se apean de ese tren, quedándose en el andén).
El gran intermediario del Pacto de Santoña, fue (como no) un hombre de Dios, el cura nacionalista Alberto Onaindía. Este cura mantuvo su secreto durante casi 50 años, pero dado que no se trataba de un secreto de confesión, en el año 1983 publicó un libro no exento de críticas nacionalistas que se tituló “El Pacto de Santoña”; es este un libro de indispensable lectura para quienes quieran ahondar en este tema, por la cantidad de documentos que recoge y que se encontraban ene poder del padre Onaindía. Con su libro podemos entender lo que sucedió y por qué ese pacto es un gran desconocido.

Fue un pacto del que nadie quería hablar por no ser orgullo de nadie, salvo quizás de los italianos.

Los republicanos, quisieron olvidarlo, porque habían sido engañados.

Al Franquismo no dejaba de fastidiarle que la victoria sobre los gudaris, se la apuntasen los italianos, (que venían un poco tocados de los palos recibidos en Guadalajara, y necesitaban aumentar su prestigio), en vez de los valientes Tercios Carlistas dispuestos a entrar con el Sagrado Corazón (“el Detente”) cosido sobre su pecho, a sangre y fuego; situación que aterraba a sus primos nacionalistas.

Y por supuesto menos que a nadie interesaba a los “aguerridos soldados vascos”, por la imagen que dejaban. Ya desde el principio de la guerra, jugaban a dos bandas, manteniendo conversaciones con los franquistas primero, y con los fascistas italianos después, ante los que se rindieron, y todo esto con la mediación incluso del Vaticano, que veía muy mal que católicos de ambos bandos se matasen entre sí.

De todo este “Pacto” tan elaborado sólo se conocía el documento firmado en Gurriezo (Cantabria) en el que existía una rendición incondicional de los Gudaris al Generalísimo Franco a través de los Italianos el 24 de Agosto de 1937. Esta rendición supuso el final de los independentistas vascos en la Guerra Civil, y el principio del fin de las batallas del “Norte”, puesto que vencidos estos, el posterior cerco realizado contra los asturianos, resultó ya indefendible.

A tal extremo llegó y tan gorda fue la traición, que en su afán de decorar la realidad a medida de sus intereses, desde el PNV se impulsó un libro escrito por Koldo San Sebastián titulado “El otro pacto de Santoña”, libro escrito con “su verdad” para consumo interno de su parroquia, y afirmando que ese pacto se había producido ya después de la caída de Bilbao, y que con él, se habían salvado mucha vidas y haciendas (las suyas), que carecían de armamento y que no había posibilidades de defensa. La realidad es que con el armamento que rindieron podían haber hecho la estructura metálica del Gugenhein y aún sobraría para dos puentes colgantes en Portugalete (uno de ida y otro de vuelta, que los vascos son así.) Vamos, que no nos mientan más, que el padre Onaindía, aunque fuese 50 años después, los dejó con el culo al aire.

El PNV nada más comenzar la guerra había visto (eso es cierto) la calaña de la que se había rodeado, y siendo como eran de derechas, se mostraba hostiles a los cambios sociales de anarquistas y marxistas, con lo que andaban siempre a la gresca. En Julio del 36 animó a sus hombre a alistarse en sus filas, para constituir un ejército propio, el 5 de Agosto desfilaron en Archanda, cuerpos de voluntarios en columnas de 500 hombres; tres días después constituyen el Euzko Gudarostea (ejército de milicianos nacionalistas vascos, o gudaris) en el santuario de Loyola. Pero no entraron en combate hasta Octubre, cuando arrancaron de la República el estatuto de Autonomía y el Gobierno autonómico, hasta entonces se estuvieron pensando a qué lado de la trinchera iban a estar, o de quién podrían sacar más, afrontando menos riesgo. Por eso no combatieron en Irún ni en San Sebastián donde Rojos y Anarquistas les sacaron las castañas del fuego; decían por entonces que no querían contaminarse con los marxistas (lo entendemos). En cambio sí acudieron más de cien dinamiteros asturianos, veteranos de la revolución del 34, a luchar en el frente de Guipúzcoa, con estos mimbres podemos ver que la relación entre el rojerío y los independistas vascos no era la mejor del mundo.

COMIENZO DE LAS NEGOCIACIONES.

Los nacionalistas vascos, expertos en la negociación a dos bandas, ya lo han demostrado en la democracia también, se encontraban negociando por una parte con Largo Caballero, que les había ofrecido el Estatuto de Autonomía y un Ministerio, y a la vez con el General Mola, (Franco no estaba muy de acuerdo, por el odio que siempre tuvo a los separatistas vascos, a los que hacía responsables en gran parte de su levantamiento) Mola quería negociar en Vascongadas, mientras que el Generalísmo pensaba que los del PNV, “sólo querían enredar y ganar tiempo”. Mola tenía información directa de nacionalistas vascos que eran partidarios del alzamiento, uno de ellos Francisco Horn Areilza, que fue expulsado del PNV, por defender la alianza franquista. Mientras la prensa y radio francesa, iba filtrando parte de las negociaciones, y eso desesperaba a los socialistas donostiarras que echaban fuego. La propuesta pactada con Mola tenía ocho puntos y el propio Telesforo Monzón, responsable de dotar de armamento a los gudaris la apoyaba. De esta manera había tres situaciones, la de la población en general que no iba a prestar ninguna resistencia a los avances de Mola si la guerra continuaba, la de los radicales de la FAI, que estaban dispuestos a ir a por todas y la de los Nacionalistas Vascos que querían pactar a toda costa, poco importaba con quién, pero que tenían mucho miedo a las represalias sobre ellos de falangistas y requetés.

Fue precisamente esa una de las causas más importantes, por las que los Nacionalistas Vascos empezasen a preparar la negociación para su rendición negociando con Italia, que había aceptado su oferta de diálogo. Como comentabamos al principio de esta narración, los italianos tenían que hacer olvidar el rídiculo que habían hecho en Guadalajara, por lo que necesitaban un éxito de renombre, y los vascos preferían un acuerdo a través de una potencia extranjera, porque su orgullo euskaldún les impedía negociar con un general español, como era Franco. Los italianos eran fascistas, sí, pero no eran españoles, jajajaja, para mearse.

Las negociaciones para el rendimiento vergonzante de los vascos se iniciaron entre el propio Padre Onaindía y el Marqués Francesco Cavalleti di Oliveto.

La realidad era que el ejército nacional estaba a punto de romper el “Cinturón de Hierro”, que hacía de barrera defensiva de la ciudad de Bilbao, Los republicanos estaban muy, pero que muy mosqueados con sus socios del PNV, sobre todo después de interceptar un mensaje del Papa, al presidente vasco José Antonio Aguirre, en el que le pedía que fuese generoso, para llegar al final del sangriento conflicto. Todo estaba iniciado, los planes de Mussolini estaban funcionando y los nacionalistas vascos a pesar de estar inclinados a cesar la lucha, no arrojaban las armas por auténtico pánico a la posible represión Franquista. Cómo decíamos al principio… unos valientes.

…continúa en 2ª parte…

1 Comentario

  1. …y, efectivamente, firmaron con los italianos. Lo más gracioso es que se sintieron traicionados por Franco que no firmó nada y nada traicionó, por tanto. Aparte del hecho de que si no firmas con el que manda, es como el que tiene tos y se tira de la oreja. Eso sí, luego te puedes hacer la víctima.

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