Memoria Histórica Borrada: Así fue la detención y asesinato de ocho jóvenes carmelitas en 1936

El lunes 27 de julio de 1936, diez días después del estallido de la Guerra Civil, a las cinco de la madrugada se presentaron guardias de asalto y milicianos en el Convento del Carmen de la localidad castellonense de Onda, para ordenar su desalojo. En el Convento había treinta religiosos carmelitas, entre profesos y novicios, la mayoría de ellos estudiantes menores de 20 años. Fueron registrados y sometidos a vejaciones, y sacados del convento con indumentaria seglar, proporcionándoles un salvoconducto con el que teóricamente podrían viajar hacia sus casas.

El Convento, una vez desalojado, fue saqueado e incendiado por los milicianos rojos ese mismo día. Reunidos en la Residencia de los carmelitas situada junto a la Iglesia de la Sangre, rezaron juntos y cantaron la Salve a modo de despedida. Veintiuno de ellos tomaron el tren a Valencia, pensando que lo peor ya había pasado, pero durante el trayecto fueron reconocidos e insultados por milicianos que ya esperaban su llegada. En Villarreal detuvieron al subprior, que ejercía de superior del Convento de Onda durante el desalojo, el padre Anastasio Ballester Nebot, de 43 años: fue asesinado el 22 de septiembre de 1936 en Cuevas de Vinromá, Castellón.

Los otros 20 fueron obligados a bajar del tren de Cabañal, al ser reconocidos como religiosos, siendo arrestados e interrogados. Finalmente no se presentó ninguna acusación contra ellos, y los que eran naturales de las dos Castillas, doce en total, continuaron su viaje hacia Madrid. Ya en la capital fueron nuevamente arrestados. Nueve de ellos fueron conducidos a un albergue para mendigos en el Paseo de las Delicias, donde permanecieron desde el 28 de julio hasta el 14 de agosto.

Finalmente acabaron el un colegio de Ciegos en Vista Alegre, junto a los religiosos e invidentes recluidos en él. La noche del 17 al 18 de agosto, ya pasada la media noche y cuando ya estaban durmiendo, un grupo de milicianos entró en el dormitorio dando gritos, diciéndoles que tenían órdenes de llevárselos a la Dirección General de Seguridad. Ocho de los jóvenes fueron subidos a un camión y llevados al cementerio de Carabanchel Bajo. Allí les bajaron del camión y les fusilaron ante las tapias del camposanto. Sus cadáveres fueron dejados en ese lugar durante todo el día, desnudos.

Más tarde los enterraron en dos tumbas separadas en el cementerio de Carabanchel, donde una vez terminada la guerra, en julio de 1939, se colocaron sendas lápidas con sus nombres.

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