Maricón. Por Eduardo García Serrano.

Cuando el célebre egiptólogo catalán Terenci Moix coincidió por primera vez con José Pla abrumó al maestro con su verborrea inagotable. En un momen-to del monólogo, Pla le hizo sólo una pregunta, evi-dentemente retórica, que enfatizaba una obviedad: “Oiga, joven, usted es maricón ¿verdad?” El efébico egiptólogo e incipiente escritor respondió afirmati-vamente para, acto seguido, continuar con su abra-sadora perorata hasta que José Pla se quedó pláci-damente dormido. Nadie se escandalizó, ni siquiera Terenci Moix.

Cuando en España había más libertad de expresión de la que hoy padecemos, allá por los años ochenta del siglo pasado, gracias a que aún no había inquisi-dores LGTBI ni tontos y tontas útiles de la Ideología de Género, Jesús Quintero llevó a su programa de TVE a Beni de Cádiz, un chisgarabis de fortuna que se ganaba la vida como bufón de los señoritos anda-luces en sus decadentes saraos nocturnos. La prime-ra pregunta que le hizo Quintero fue: “Beni, ¿cómo quieres que te llame, gay o maricón?”. “Jesús, llámame maricón que suena a bóveda”, contestó Beni de Cádiz. Nadie se escandalizó, y menos que nadie el bufón de los señoritos de caballo jerezano.

Los adjetivos, también los verbos, son las joyas del lenguaje, cuyas palabras, como decía Lacan, “más que definir, evocan”. La principal función del adjetivo es describir, que es lo que hizo la ministra de Justicia, Lola Delgado, con el juez Marlaska, acci-dental ministro de Interior, adjetivar descriptiva-mente un rasgo genuino de su personalidad: “es maricón”. El ánimo peyorativo queda al albur de la subjetividad, sensibilidad o estupidez de cada cual. La certeza de la afirmación de la ministra es irrefu-table e incontestable. Lo reconoce el propio Marlaska y lo confirma su matrimonio con un hombre. Pues para casarse con un hombre, como diría el maestro José Pla, “mire usted, joven, hay que ser maricón”. Fundamental y esencialmente.

Hoy, ésa palabra, tan eufónica que suena a bóveda, está proscrita y públicamente (no así en privado) todos y todas buscan eufemismos edulcorantes para describir al hombre que encuentra los placeres de Afrodita o las libaciones de Cupido con otro hom-bre… ¡y hay que ver que cursi me estoy poniendo para evitar que los inquisidores LGTBI me den por culo en los tribunales!

A la palabra maricón le sucede lo mismo que al ara-bismo almorrana, los médicos y los pedantes lo han ido arrinconando en beneficio del término griego hemorroide, porque les suena tan aséptico como homosexual o gay. Sin el menor ánimo peyorativo, un servidor seguirá llamándole almorranas a las hemorroides y maricones a los gays, como Quevedo y Cervantes, como José Pla y Cela, y como la minis-tra de Justicia, Lola Delgado.

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