La tumba de Franco. Por Eduardo García Serrano

Francisco Franco sacó el Padrenuestro de las catacumbas y el Avemaría de las mazmorras de las checas en las que el Frente Popular torturaba hasta la locura a los españoles que trenzaban una plegaria prohibida, una oración proscrita para aliviar el dolor y dignificar el trance de la muerte a mayor gloria de la dictadura del proletariado.

La Iglesia ardía y sus pastores, capturados como alimañas, eran conducidos a los cadalsos del martirio. Nerón se hizo comunista y Diocleciano socialista para perseguir a los católicos en aquella España atroz en la que, según Manuel Azaña (al que le faltó una H en su apellido), un templo, un Cáliz o un Crucifijo no valían la vida de un republicano. La persecución y exterminio de los católicos, con y sin sotana, con hábito o sin él, obtuvo licencia y patente de corso. Se les dio caza, se fomentó su delación. Eran apresados en la intimidad de sus alcobas, en las fábricas, en las eucaristías clandestinas, en los áticos y en los sótanos de la última pedanía de aquella España republicana, hasta que Francisco Franco cruzó el Rubicón por el Estrecho de Gibraltar el 18 de julio de 1936.

De no haber sido por él y por sus soldados, de la Iglesia Católica en España no hubiera quedado ni una oblea. Francisco Franco fue, a la vez, el buen samaritano y el templario que, con su espada y con sus leyes, rescató a la Iglesia española de las manos de sus verdugos y le regaló la libertad al Padrenuestro y al Ángelus.

Cuarenta y tres años después de su muerte, la Iglesia española, convertida hoy en su Conferencia Episcopal en un sanedrín de fariseos, se apresta a lavarse las manos en la bacinilla de Poncio Pilatos para dar satisfacción, por omisión, a la venganza largamente aplazada de sus verdugos que exigen sacar a Franco de su sepulcro del Valle de los Caídos porque, incapaces de derrotarle en vida creen, como todos los cobardes, que humillando sus restos y condenando su osamenta al exilio reescribirán la propaganda, que no la Historia de su infamia.

La Conferencia Episcopal Española, tan sutil en la política, tan untuosa en la diplomacia, tan hábil en el diálogo cuando le conviene y para lo que le conviene, es incapaz de pronunciar las palabras de gratitud que Francisco Franco merece, para impedir que su tumba sea desahuciada. No cabe esperar ni piedad ni valor de quienes ya consintieron borrar de los muros de sus templos los nombres y la memoria de los que cayeron defendiendo a Dios y a la Patria.

Los españoles tenemos un “evangelio” laico que es nuestra auténtica constitución: el Refranero. En él se nos enseña, antes incluso de destetarnos, que quien no es agradecido no es biennacido. Y el que, por desagradecido, es un malnacido habitualmente es un hijoputa, con y sin sotana, con hábito o sin él.

5 Comentarios

  1. No se puede haber escrito mejor. Un artículo verdaderamente descriptivo de una historia de ingratitud, deserción y cobardía de la “iglesia” (con minúscula) española, que por unos euros del concierto educativo y de los ibis y los ivas (traducidos a la moneda herodiana, 30 de plata), y que les van a quitarde todas formas, son capaces de dejar ultrajar cuerpos y profanar tumbas. Eso es un gran pecado y se llama “simonía”.

  2. Lo de la Conferencia Episcopal es de una ingratitud que da asco, son peores que los de Bildu o las CUP, al menos estos últimos van de frente y no engañan a nadie

  3. No hay que sacar las cosas de quicio.Si así vamos a estar en paz y todos vamos a poder.ir al valle sin odio será mejor. Franco no quería ser enterrado allí él no lo hizo para eso fue el Rey J.Carlos quien lo mando.A Franco le reconoceremos siempre todo lo que hizo por el bien de la Nación Española este donde esté.

  4. Magnífica forma de decir las cosas tal y como son. Cierto!. Qué puñetera manía de mover a los muertos, y así querer mover la historia. Rodeados de cobardes que contemplan impasibles, incluso asintiendo y buscando motivos para hacerlo lo antes posible. Franco valiente.

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