La neutralidad de Franco de Fernando Paz. Por Gervasio López.

En esta sociedad de post-verdades inverecundas, palmarias falsedades y mentiras indisimuladas, la manipulación de la Historia se ha convertido en uno de los más eficaces instrumentos para que los pueblos renieguen de su verdadero ser y abracen, con fervor de botarate entontecido, los designios de un Sistema abyecto y envilecedor, para el que sus administrados han terminado por volverse no más que escorias que arrojar a la basura. Así, de resultas de ese manejo falaz que arruina los adentros de las gentes, lo evidente se nos ha vuelto intolerable, las ideologías más en boga se dan de coces con la naturaleza y la sobrepujan, y allá donde la verdad aún seguía esplendiendo, tranquilizadora como un faro para el navegante que ha perdido el rumbo, los apóstoles del engaño han terminado por sepultarla bajo una montaña de cascotes y excrementos, para que su luz se extinga por completo.

Alguno de los hitos más descollantes de este puterío revisionista ha sido, entre otros, habernos hecho creer que la Santa Inquisición era una suerte de infierno terrenal donde las uñas de los ajusticiados, como almejas en la costa, eran sembradas por los empedrados de las celdas; o que aquellos valerosos conquistadores de las Américas andaban por la selva desparramando los entresijos de unos Adanes retozones y dichosos, para desahuciarles del paraíso en que vivían. Y entre tanta mentira gorda y tanta revisión han terminado por dejarnos huérfanos de gestas, como chiquilines sin ilusión, y, a un tiempo, huérfanos de patria.

Sin embargo, por fortuna aún hay quienes se resisten a tragar ese mendaz bocado con que la progresía nos pretende embutir; y proclaman, a voz en grito y sin rebozo, la verdad sin más ambages, para horror de esos mentirosos mercachifles que putañean con historiografías averiadas, que de pronto ven cómo las gestas y las ilusiones patrias reverdecen y se yerguen, tan coruscantes como antaño. Lamentablemente, para desmontar una mentira tantas veces propalada ya no basta con argüir en pie de igualdad con el adversario, sino que es necesario fornecer la argumentación con una extensísima colectánea de pruebas documentales y verdades apodícticas, que refuten de una vez por todas el tráfago de estupideces venales que regurgitan aquellos que viven del cuento.

Así ha hecho, por ejemplo, D. Fernando Paz —de quien todavía recordamos las tremendas golpizas dialécticas que le endilgaba al siempre demagogo Pablo Iglesias— con su libro “La neutralidad de Franco”, publicado por Ediciones Encuentro, con el que demuele las vergonzantes falsedades que se han urdido sobre aquellos primeros años de postguerra y demuestra, para horror de esos mentirosos mercachifles, una evidencia que para muchos se había vuelto intolerable.

Convendrá conmigo, estimado lector, que en verdad resulta sonrojante que la mentira haya cobrado tintes de oficialidad, pero la maleficencia de ciertos personajes inicuos, que se empeñan en remozar un conflicto ya muy lejano y así poder amorrarse a la nutricia e inagotable teta de la memoria histórica, les ha llevado a convertir todo lo que concierne al Franquismo en perpetuo campo de batalla, donde la verdad yace en el suelo, hecha papilla o acribillada sin piedad. Sin embargo, y aun pecando de cierto ingenuo optimismo, creo que libros como este de Fernando Paz ayudarán a desbrozar esa abstrusa maraña de mentiras deletéreas que algunos han urdido. Pues difícil será rebatir, sin duda, sus muy robustos argumentos.
Por supuesto, todavía habrá quien siga empeñado en sostenella y no enmendalla y asegure, desdeñoso de lo cierto, que España fue neutral porque le interesaba a Hitler y no porque Franco fuese consciente de los muchos perjuicios que ello traería a España; que las inclinaciones germanófilas de ciertos sectores de la Falange sobrepujaban a las necesidades del país, o que el Régimen se deshacía en halagos ante los nazis y lo colmaba de almíbares por pura convicción. Pero estarán soslayando, sin embargo, quienes sostengan eso, que cada aserto favorable a Hitler era a la postre desmentido por los hechos, pues Franco sabía que la suya era una posición de muy escaso equilibrio y que cualquier paso en falso hubiera podido desencadenar los planes de invasión que ambos bandos habían pergeñado —sí, también el bando aliado, aunque esto lo obvien centro-flojeras y siniestros —. Precisaba Franco, por tanto, entre otras cosas, como bien nos cuenta D. Fernando, hacer creer a Hitler que las fuerzas españolas acudirían en masa en auxilio de los nazis, para así mitigar la presión a la que estaba siendo sometido mientras incrementaba las importaciones provenientes de Gran Bretaña. Como también precisaba abandonar Hendaya manteniéndose neutral —posición ésta que, según documento de la inteligencia británica al que alude D. Fernando Paz, resultaba para éstos más valiosa, incluso, que la propia alianza con la Unión Soviética—, lo que consiguió por medio del trampantojo de no fijar fecha en el compromiso que tuvo que firmar, pudiendo postergar así, sine die, su participación en el conflicto. Pues la historia del gobierno de España durante aquellos años primeros de la 2ª Guerra Mundial no es sino una constante representación teatral muy a la gallega, un ocultamiento de las verdaderas intenciones y la expresión de verdades demediadas, con el único fin de alejar al país de una guerra que no estaba en condiciones de acometer. Y D. Fernando Paz, como un venero inagotable del que manan las verdades y los documentos oficiales, nos retrata aquella época con la seguridad de quien se sabe en lo cierto, dejándonos prendidos de cada página y aherrojándonos los ojos, por muchos brotes eritematosos que les salgan en sus blandas pieles a los contadores de historietas.
Sin duda, los apóstoles del engaño continuarán con su excrementicia labor de sepultar la verdad; y sin duda contarán con el apoyo de ciertos legisladores que, sectarios y mendaces, intentarán fijar verdades oficiales sin sustento documental alguno. Pero hombres como Fernando Paz proseguirán en su labor de honesto desescombro, para que algunos continuemos disfrutando de la cálida lumbre que la verdad irradia. Vaya desde aquí, por tanto, mi más sincero homenaje para todos los que, como él, se socarran las pestañas en los archivos y demuelen las mentiras del venal cuentista.