La masonería existe y no es una broma. Por Eduardo Arias.

Se trata, el de la masonería, de un tema difícil de tratar pero que sin embargo es asunto, sin duda, de importancia. La masonería ha sido una entidad con una trascendencia brutal incuestionable, históricamente incuestionable, en la historia de España y del mundo. Nada debe hacernos pensar, más bien todo lo contrario, que hoy no siga teniendo una importante influencia en una actualidad internacional que muy bien no va. La masonería, que existe y funciona aunque públicamente no lo parezca, no es una reunión de unos cuantos majaderos socialmente bien posicionados que se disfrazan para llevar a cabo unos rituales grotescos y ridículos. Además de lo anterior, tras la masonería hay unos valores que los majaderos en cuestión se creen y que los majaderos en cuestión pretenden hacer efectivos en todas las naciones avanzadas, es decir, en el fondo, en todo el planeta.

Ya hemos dicho que es un terreno difícil de tratar por la propia naturaleza de lo que, de momento, llamaremos asociación masónica que goza del privilegio de funcionar con derecho al secreto de sus últimos principios, con una militancia que gusta del anonimato y con la estrategia de hacer sin que se note que se hace, con una forma de actuación que podríamos llamar subterránea. Todo ello obliga a entrar en el mundo de las conspiraciones que, por definición, son de difícil prueba por lo que intentaremos siempre, al hablar de masonería, acudir a lo probado y a lo dicho por los propios masones en cuanto hablaran o escribieran en su condición de tales masones.

Uno de los primeros textos absolutamente oficiales de la masonería y reconocido generalmente como tal por los propios masones es el de las Constituciones de Anderson publicadas en 1.723. ¿Qué dicen las Constituciones de Anderson?

Según Anderson, la masonería mantiene unos lejanos, extraños y pintorescos orígenes históricos. La masonería remite su existencia al inicio de los tiempos. El primer masón habría sido Caín y, efectivamente, el bueno de la película entre Caín y Abel, para los masones, es el primero. Del mismo modo, para la masonería, entre Dios y Lucifer el bueno es Lucífer. Tanto de Caín como de Lucífer se darán versiones edulcoradas y distintas a las bíblicas. Algo así como en las películas en las que los buenos son los vampiros.

El relato histórico que la masonería hace de sí misma es insostenible en cuanto a su veracidad pero eso no es lo importante. La masonería inventará un personaje esencial para ellos, un arquitecto, Hiram Abiff, que nunca existió. Pero lo esencial no es la verdad o no de la historia. Lo trascendente es que los masones querrían que esa historia fuese la verdadera. Les gustaría ser expresamente los herederos directos de Lucífer y de Caín. Y esto no es algo que oculten. Es algo accesible para cualquiera que se acerque a la masonería. Por cierto, otros personajes bíblicos, como Noé o Salomón, también son señalados por Anderson como masones.

La masonería se vende a sí misma como una asociación filantrópica que no pretende intervenir en política y en la que caben todas las confesiones religiosas. Es verdad que con esta fachada la masonería ha tenido en su seno miembros de prácticamente todas las ideas políticas y de prácticamente todas las confesiones. Sin embargo, basta acudir a las Constituciones de Anderson para apreciar que la masonería pretende obligar, al fin, a todos sus miembros a creer en una presunta religión universal en la que, por lo visto, todos los hombres concuerdan aunque no lo sepan. De esta forma, la masonería se convierte en la custodia de una religión universal distinta que se sitúa por encima de los vínculos que cualquiera de sus miembros pudiera mantener con cualquier otra fe religiosa. De la misma manera, el vínculo masón se situará en las constituciones de Anderson por encima de vínculos nacionales, familiares o políticos. Para el masón, la masonería quedará por encima de cualquier otro aspecto.

Siguen las Constituciones de Anderson con un dato llamativo para una asociación que se nos veden como culmen de la libertad y de la progresía. Para ser masón hay que “ser hombres buenos y veraces, nacidos libres, y de edad discreta y madura, no siervos, ni mujeres, ni hombres inmorales ni escandalosos sino de los que se hable bien”. Quizá, al leer hoy este texto, no captamos el significado de fondo de la expresión “nacidos libres” que significaba en 1.723 que la masonería no admitía a hombres que fueran esclavos y es que la masonería estuvo a favor de la esclavitud hasta el último momento de la existencia de dicha práctica.

Por lo demás, ¿Cómo es posible que los movimientos feministas no vivan en lucha constante contra la masonería y si, por ejemplo, contra la Iglesia Católica? La masonería es, por autodefinición una asociación clasista y discriminatoria que, sin embargo, se nos presenta como el parangón de lo contrario.

No olvidan las Constituciones de Anderson otro elemento característico de la masonería: el secretismo. El masón “deberá ser cautelosos en sus palabras y comportamiento de manera que el extraño más perspicaz no sea capaz de descubrir o averiguar lo que no es adecuado que se conozca”. Hasta tal punto es así que el masón no debe permitir que “familia, amigos y vecinos” sepan del “interés de la logia y otras cosas…por razones que no deben mencionarse aquí”. Año 1.723. Las Constituciones de Anderson se atreven a situar públicamente a la masonería como descendiente de Caín. Si esto se escribe de forma pública ¿Cuáles son las razones que no pueden decirse en las Constituciones de Anderson por las que debe mantenerse el secreto en la masonería?

Hasta ahora hemos hablado de la masonería como de una asociación. Ellos se autodefinen como una sociedad discreta y filantrópica. Por sus mismos textos fundacionales cabe definirla como una secta religiosa de carácter esotérico, clasista, que, para sus miembros, se coloca por encima de naciones y familias y cuyos objetivos finales son secretos incluso para la mayoría de ellos que, en el fondo, no son más que peleles de unas ideas que, en realidad, desconocen.

1 Comentario

  1. Espeluznante. A colación de este artículo, me vienen en mente experimentos de Ingeniería Social, que el otro día hablamos con alguien de aquí y en referente, al ya monotema catalanoide. A ver si plasmo la idea.
    Es espeluznante las ideas que vienen y arrancando de este tema de la masonería. Sobrepasa algo más terrorífico que la masonería.

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