La España chuleada

A falta de un verano, el año de movimiento político que comenzó con las amenazas de referéndum tras los atentados de Barcelona, se ha solventado en una entrega del Estado. Pese a lo que los medios adeptos al Gobierno Sánchez quieran decir, lo cierto es que toda la película y aventura del Procés no tenía que servir sino para tapar los agujeros presupuestarios de la rapiña de los Pujol y compañía (aún en libertad) y cubrir dichos vacíos con inyección de efectivo para farmacias y policías. Una huida hacia adelante estudiada para lavar la cara a una Administración regional mafiosa y a sus cómplices estatales autonomistas. Al final, las ansias de libertad se compraban con dinero.

Los españoles somos gilipollas si nos tragamos el cuento de que Sánchez, con dos horas y media de reunión en La Moncloa, ha conjurado el riesgo de secesión. O Sánchez es el tipo más listo del mundo (cosa que dudamos) o todo era una patraña. Los españoles somos gilopollas porque dejamos que un Gobierno débil como el de Rajoy aplicase un 155 que era como ponerle una tirita a un cáncer, y permitimos que un Gobierno traidor como el de Sánchez quite el apósito diciendo que la herida ha cicatrizado porque se le ha echado un poco de mecromina.

Los españoles somos gilipollas porque nos hemos entretenido en un jueguecito de banderas y de trapos que, en realidad, iba de euros y de cuentas en Suiza y Andorra. Ni están los ladrones en la cárcel, ni el nacionalismo aplastado, ni España a salvo. Pero hoy nos iremos a la cama resoplando tranquilos porque nos cuenta La Sexta que Torra y Sánchez se entienden y en septiembre se irán de vinos.

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