La “cuestión catalana” refleja la putrefacción del sistema. Por Pío Moa.

Los separatismos quedaron superados con el régimen de Franco, y este fue uno de sus mayores méritos. De aquellos solo quedaron algunos viejos nostálgicos y algunos intrigantes que disimulaban, como Pujol. En Vascongadas, los etarras se lamentaban de que nadie les hiciera caso, lo que les servía de argumento para justificar los asesinatos, una forma de llamar la atención. En la transición, separatistas e izquierdistas se unieron para imponer la ruptura, pero la inmensa mayoría, en todas las regiones, prefirió la evolución “de la ley a la ley”, desde la ley franquista y no contra el franquismo.

A continuación, unos políticos salidos del franquismo, pero frívolos e ignorantes del pasado así como de la significación histórica del régimen del que procedían, se propusieron impulsar los separatismos como muestra de “democracia”. Concedieron estatutos de autonomía exagerados, regalándoles nada menos que la enseñanza, entre otras muchas cosas. Desde entonces fueron los gobiernos, de UCD, PSOE o PP, los que más han hecho por estimular los separatismos, financiándolos, permitiendo medidas anticonstitucionales como la inmersión lingüística, e imitándola incluso en regiones donde no había ese problema. Se dice que ello se debe a un sistema electoral también deficiente y poco democrático, pero la verdadera causa está en la ausencia de sentido del estado y de la historia por parte de esos partidos y sus políticos.

Los nacionalismos vasco y catalán: En la guerra civil, el franquismo y la democracia.

Con Zapatero, el problema entró en una vía sin retroceso: nuevos estatutos solo queridos por los políticos corruptos del PSOE (la corrupción es quizá la seña de identidad más definitorias de ese partido). Estatutos muy aprovechados, claro está, por los separatistas abiertos. Con ellos se eliminaba prácticamente la presencia del estado en varias regiones. Y se acompañaban de una ley totalitaria de falsificación del pasado y exaltación de la cheka (“memoria histórica”), de leyes antijurídicas y antidemocráticas LGTBI, y del rescate de la ETA. Estas medidas han arruinado el estado de derecho, y con él la democracia.
Debe añadirse otro punto, muy característico de la clase, casta o chusma política actual: el amparo y sustento a la colonia de Gibraltar, invasión y violación permanente de España por una potencia que, solo por eso, no puede ser amiga de España. Aunque nuestros miserables politicastros se sientan amigos-lacayos de los invasores. y en beneficio de ellos utilicen nuestras fuerzas armadas en operaciones de interés ajeno, bajo mando ajeno y en idioma ajeno. La política actual trata de apartar estos hechos de la conciencia de los españoles, pero todo va en la misma dirección. Fue el PSOE el que abrió la verja, destruyendo la ventaja diplomática española y convirtiendo la ruina para los ocupantes en ruina para todo el entorno de Gibraltar. Todo ello continuado y agravado por los gobiernos del PP.

Por estas razones, el golpe separatista en Cataluña ha puesto de relieve a los ojos de quien no quiera cerrarlos, la situación general de putrefacción del sistema salido de la transición distorsionando primero y traicionando después la decisión popular de 1976: democracia a partir del franquismo, no contra él. Y por esto es preciso una alternativa global, regeneradora, que no se limite a la cuestión catalana. El problema fundamental no está en los separatistas, sino en la clase, casta o chusma política que desde Zapatero ha vuelto irreversible la multicrisis política: o España y la democracia se libran de esa gente o esa gente acabará con España y la democracia.