Franco: el muro de la miseria moral de todo un país

43 años después de su muerte, el Generalísimo sigue librando batallas que, vistas desde la distancia de la conmiseración, producen auténtico rubor por cuanto suponen la pérdida de cualquier resquicio de humanidad para quienes con tanto ahínco se enfrentan a su figura, su obra y su momento histórico. Lo que no se negaría al más vil de los asesinos confesos se le niega a Franco, algo más que un nombre en la atalaya de la Historia. La bajeza moral del legislador, tratando de igualar una batalla librada hace ochenta años es cien veces menos sucia que la de algunos personajes a los que su tiempo ha visto arrastrar por el lodo de la indecencia. Tal es el caso del periodista que hoy nos ocupa: Jaime Peñafiel.

Pelota hasta la médula, este octogenario repeinado y redicho, encarna lo más pérfido y rastrero de una profesión que, en su vertiente rosa, es un colector de cloaca. Peñafiel responde a las preguntas de un plumilla de los que intentan ganarse el pan jugando con ventaja: Carlos Prieto. Es tiempo de Franco; cualquier tema es bien recibido. Ayer publicaba en El Confidencial una artículo desvelando las razones para que viesen la luz las fotografías de la agonía del Caudillo en la cama del Hospital La Paz. El culpable de que aquellas imágenes, sin valor periodístico más allá del morbo (como el mismo Peñafiel reconoce), viesen la luz de los kioskos fue el lacayo real (hasta que cayó en desgracia y recorrió los estudios de televisión hablando mal del emérito y señora por tema de drogas). A Franco le niega el derecho a la intimidad de la muerte bajo el argumento de que él era periodista y recibió las fotos de manos de un empleado de Caudillo. Con esto justifica el lacayuelo la ignominia.

Sánchez ha abierto la veda para que cualquier imbécil, sin más méritos que haber estado doblando el espinazo durante décadas ante los Reyes, tenga, a punto de doblar la rodilla y entregar el alma, pueda propinar su escupitajo al féretro que pasa. Recuerda un poco al paleto que acribilla a lanzadas al toro cuando ya está siendo arrastrado por las mulas. La cobardía se expresa así y la miseria moral de algunos se manifiesta hasta en los más mínimos detalles.