España, país de mafias

No podemos extrañarnos dada nuestra posición privilegiada en el mundo. Puerta del Mediterráneo y escala obligada en el Atlántico, España es el país preferido para queinees quieren hacer comercio ilegal con Europa. Hasta ahora, drogas y blancas, algo de tabaco y poco más, copaban la atención de los agentes de aduanas. Últimamente hay mercados mucho más peligrosos. Pero también mucho más rentables.

Hemos hablado profusamente de la relación entre la política inmigratoria de España de los últimos lustros y el desarrollo de planes de disolución racial y cultural. El diseño propugna la eliminación de las patrias europeas, de los pueblos de Europa para el establecimiento de una raza globalizada, de pensamiento único, fácilmente controlable y dirigida. A la adquisición de los nuevos sementales de Europa (africanos, principalmente, por coste y cercanía) se unen las políticas de control de natalidad y ruptura de estructuras familiares, la ideología de género para romper cualquier atisbo de defensa y las leyes de opinión para censurar cualquier crítica. Resultado, una nueva Europa sin pueblos fundadores, sin cultura ni raíces; una nueva Europa de individuos sin alma y sin arraigo, hijos de lesbianas trans, incapaces de defender nada como propio, sin identidad alguna, desarraigados, consumidores y obedientes.

Hasta ahora, los vividores de la solidaridad venían a decirnos que no éramos potencia económica, que no podíamos presumir de salarios altos o estándares de vida elevados pero que teníamos algo que debía hacernos sentir orgullosos de pertenecer al país más solidario de la tierra:todos los años, uno tras otro, batíamos el record de trasplante de órganos. Corazones, pulmones, hígados, riñones, córneas; pioneros en el implante de manos, piernas o caras. Ya no bastaba con ser donante de sangre, de plasma, ahora había que redactar un testamento vital regalando el cuerpo propio a la ciencia. Y, sobre la buena voluntad de las personas, del «a mí ya no me sirven, que le sirvan a otro» se perfilaba, a ojos de los más avispados, un suculento negocio. El órgano bueno no se encuentra en los hospitales. El órgano bueno está en las carreteras, en las cifras de muertos de la DGT -siempre en descenso-. El órgano bueno está en la calle, no en las residencias de ancianos. Órganos buenos son los de los jóvenes sanos, sean niños o adolescentes.

En España, la ONT velaba por el buen funcionamiento del sistema, por que los traficantes de órganos no metiesen sus narices en nuestro país. Todo iba bien hasta que salta el caso de Abidal y se pone todo en jaque. Así que la organización pide aclaración a los implicados porque enturbiar con sospechas el procedimiento seguido supone abrir una peligrosa puerta, la que determina que haya ciudadanos de primera y ciudadanos de segunda, ciudadanos capaces de pagar los 6.000 o 10.000 euros de un riñón y ciudadanos dispuestos a venderlos por 3.000 o 4.000. Y, vista la ganancia, ¿qué no costará un corazón?, y de esos solo hay uno. ¿Por qué compartir el beneficio con el donante? Miren bien a ambos lados antes de cruzar la calle si han firmado uno de esos testamentos vitales.