El espacio público es de todos

Para llegar a esta sorprendente conclusión hemos necesitado que se reúnan el ministro del Interior y ex icono gay, Fernando Grande Marlaska y su homólogo en la administración regional catalana, Miguel Buch. En rueda de prensa con el consejero de Interior, Miquel Buch, tras la Junta de Seguridad de Cataluña, ha precisado que esta neutralidad pasa por trabajar para que el espacio público sea «para el encuentro y no monopolizado por nadie».

De manera que Marlaska, con esa capacidad inédita de no acertar desde que se ha metido en política de la mano del guaperas de Sánchez, profundiza en la diferencia y da por iguales y semejantes retirar lazos amarillos y retirar la bandera de España de los balcones de los ayuntamientos catalanes, sembrar playas de cruces amarillas y tumbarlas con un coche, o fijar carteles con apología del golpismo terrorista de la ANC y arrancar dichos carteles. Y así se zanja la guerra de los lazos amarillos. Los Mossos, tan obedientes y leales en otras ocasiones con las leyes de todos, serán los encargados de velar por el cumplimiento de la «equidistancia» (¿recuerdan el término? se puso de moda hace un año y marcaba a los que, siendo catalanes, no defendían abiertamente al nacionalismo para no perder contratos con el Estado español).

La cesión, también en esto, obedece a eso que tan bien entiende Marlaska de meter la puntita nada más. Ni frío ni caliente; ni mucho ni poco. Una rendición permanente en la pendiente de la secesión.