Dignidad

Cuando Pedro Sánchez conquistó la presidencia del Gobierno, a muchos nos sorprendió por la incorporación que hizo de algunos miembros destacados de la comunidad, respetados profesionales, a su gabinete. Junto a nombres que suponían lo peor del socialismo en sus siglas centenarias (Calvo, Borrell), sentaba en sus Consejos de Ministros a tipos como Pedro Duque o Máxim Huertas. Pronto (una semana) se vio que la persona encargada de gestionar el mundo del deporte no practicaba ninguno y, por no saber, no sabía ni el censo de los gimnasios con sauna de Chueca. La que tenía encargada la Política Territorial era un caballo de Troya del independentismo. La de Sanidad tenía uno de esos títulos que daban juntando dos tapas iguales de yogures y siguió, cumplidos 100 días de desgobierno, la senda del de Cultura y Deportes. La de Justicia, una vendida al garzonismo más sucio y rastrero, aficionada a la fabricación de pruebas y al apaño de sentencias.

Junto a estos personajes grotescos y perniciosos en cualquier oficina de empleo, un astronauta. Para ser el responsable de las Universidades públicas, lleva a sus hijas a colegios privados, pero en esto coincide con prácticamente todos los políticos que se sientan en el Congreso de los diputados, por más podemitas que sean. Su presencia en el Consejo de Ministros debe asemejarse bastante a la de un belga en un tablao y, queremos suponer, que desde hace 100 días se está arrepintiendo de la decisión de formar parte del Gobierno Sánchez. Buscar una salida airosa del patio de locos en el que se ha convertido el equipo de Sánchez. Desde aquí le abrimos la escotilla y le animamos a abandonar el módulo ministerial porque entendemos que un traspiés lo puede tener cualquiera y que hasta un profesor puede echar un borrón alguna vez. Por dignidad, para que le sigamos teniendo como referente junto a Yuri Gagarin y no nos lo imaginemos como un Toni Leblanc alunizando en Cercedilla.