Cuando Cristo pasa hasta Dios se arrodilla. Por Eduardo García Serrano

La pálida progenie del viejo mester de progresía español cuya denominación de origen es una laicismo agresivo, iconoclasta y comecuras pero ejercido, eso sí, en nombre de la tolerancia y del respeto a todas las ideas y creencias, es incapaz de entender y aceptar que la genuinamente hispana fe del carbonero hace que en España, cuando Cristo pasa hasta Dios se arrodilla. Todos ellos conforman, de derecha a izquierda, una compacta y homogénea caterva de botarates que destila miseria moral como veneno de una herida, y que jamás pone en duda su derecho a atropellar los principios más sagrados ocultando, tras un leve barniz de afable tolerancia, una veta perversa que les lleva a echar azufre por la nariz especialmente en Navidad y en Semana Santa, del Portal de Belén al Gólgota, justo cuando el pueblo español festeja el nacimiento de Cristo o busca “escaleras para subir a la Cruz para quitarle los clavos a Jesús el Nazareno”.

Y todo ello en nombre del sacrosanto y civilizado laicismo, que es su religión de Estado. Hasta en eso demuestran, una vez más, su patológica ignorancia. Convengamos, para entendernos, que el laicismo como estructura política, educativa y estatal proviene de la Revolución Francesa. Pues bien, su paradigma, Maximilien Robespierre, dice lo siguiente en su célebre “Informesobre las relaciones de las ideas religiosas y morales con los principios republicanos”: “La Religión es parte de la estructura social. El ateísmo es aristocrático. La idea de Dios que vela por la inocencia oprimida y castiga el crimen, es social y revolucionaria. No sólo condeno el ateísmo como filósofo, sino como político. La idea de Dios y de la inmortalidad del alma es una constante llamada a la Justicia. Es, pues, social. Si la existencia de Dios y de la inmortalidad del alma fueran sólo sueños, seguirían siendo la más hermosa de todas las concepciones del espíritu humano. Quien pueda sustituir a Dios por algo mejor en el sistema de la vida social sería, a mí entender, un prodigio de genio. Quien, sin haberlo sustituido, sólo piensa en expulsarlo del espíritu de los hombres, me parece un prodigio de estupidez y perversidad. ¡Ay! del que intente asfixiar ese instinto moral y religioso del pueblo que es el principio de todas las grandes acciones de los hombres”.

Pocas semanas después de este discurso de Robespierre ante la Asamblea Nacional francesa, Danton, su íntimo amigo/enemigo, hastiado de los desmanes revolucionarios le confiesa a Saint-Just: “Estoy harto de los hombres, ya sólo reconozco a Dios y a la Naturaleza”. Finalmente, Napoleón Bonaparte, el brillante general que el 18 brumario acaba con el caos revolucionario, devuelve a Francia al catolicismo romano a través del Concordato de 1801 diciéndole a los católicos franceses: “Me propongo restaurar la Religión no por vosotros, sino por mí” y comunica a la casta académica y profesoral surgida de la Revolución que “hasta el presente la única buena educación que hemos conocido es de los organismo eclesiásticos. Yo prefiero ver a los niños franceses de la mano de unhombre que sólo sepa el Catecismo, antes que en las manos de un hombre instruido pero poco juicioso, carente de moralidad y de principios. Un fraile ignorantesabe lo suficiente para enseñarle a un hombre que la vida no es más que un tránsito. Si le quitas al pueblo la Fe acabas creando salteadores de caminos”. Que es lo que son la mayoría de los laicos españoles, además de salteadores de conciencias que ignoran que en España, cuando Cristo nace o muere hasta Dios se arrodilla.