Cosas de la farándula. Del impresentable de Toledo al vendido de Puigcorbé

La farándula siempre ha querido prestigiarse tomando partido político. Como el quehacer político no es privativo de ninguna ocupación civil o militar, la fiesta ha ido por barrios. Si en los sesenta el feminismo de las Fonda resultaba empalagoso y en los ochenta los Reagan tumbaban el COMECON, en los noventa y primera década del nuevo siglo eran los Penn y las Sharandon los que partían la pana en lo de hacer manifestaciones políticas.

Pero en suelo patrio tenemos también nuestros ejemplos. El desobediente tarado de Willy Toledo, multimillonario enamorado del régimen asesino de los Castro, compite en popularidad política con otro ilustre tarado (infinitamente mejor actor que Toledo, eso sí), Juanjo Puigcorbé.

Si el primero esta semana desobedecía al juez que le había citado a declarar en relación a la denuncia que interpuso contra él la Asociación Española de Abogados Cristianos, el segundo montaba un numerito de altura (terminó sentado en el gallinero) al escenificar en el Ayuntamiento de Barcelona su divorcio con ERC. Entre él y Alfredo Bosch no hay entendimiento y se tiran los trastos a la cabeza en cuanto la ocasión lo propicia. Los de la izquierda republicana no le perdonan sus malos humos y su trato vejatorio a subordinados y, menos, a él, rupturista de última hora, advenedizo, mutante y traidor. Él, que hace no tanto tiempo hacía las rosca a Rodriguez Zapatero. Tampoco ahora está en ERC. En los próximos días tal vez ingrese en las filas de la CUP. Todo, con tal de no admitir que en donde debería ingresar realmente es en un sanatorio psiquiátrico, como todo el nacionalismo. No