Arqueología del machismo. Por Eduardo García Serrano.

“No sabemos lo que nos pasa, y éso es lo que nos pasa”. La sentencia orteguiana viene al pelo para tratar de explicar, más allá de eslóganes políticamente correctos y de ripios de manifestación, la estúpida algarada universal que las feministas montaron el pasado 8 de marzo contra el varón heterosexual, peligroso delincuente al que hay que estigmatizar y perseguir desde el vientre de su madre hasta la cárcel, que es donde debe estar a mayor gloria y seguridad de las mujeres, de la LGTBI y de las sagradas escrituras de la Ideología de Género. No es preciso consultar a los oráculos ni a los mendaces adivinos para conocer los acontecimientos que predeterminaron el orden establecido del que surge el remoto enfrentamiento entre hombres y mujeres estructurado en feminismo versus machismo.

Su origen se pierde en la más tierna infancia de Cronos, padre del padre Tiempo. A los griegos, civilización que siembra la semilla de la libertad, las mujeres les recordaban la Era del Matriarcado, cuando los varones se batían en duelo a muerte a fin de que el vencedor copulara con la Reina para, acto seguido, ser sacrificado por ésta. Miedo a las mujeres que vemos cristalizado en ése célebre vaso helénico en el que aparece Aquiles traspasando con su espada a Pentesilea, Reina de las Amazonas, mientras ella intenta seducirle con la matriarcal y feminista intención de rebanarle el cuello en el poscoito y de matar, nueve meses después, al nasciturus si el semen de Aquiles le engendraba un varón. Atroz, ¿verdad? Pues recuérdese que ése grupo de destarifadas que se llama Femen le ha pedido a las mujeres que aborten en cuanto la ecografía les confirme que lo que están gestando es un varón.

Cuando los hombres derrocan el Matriarcado con la inestimable colaboración de Atenea, la diosa de los ojos grises, divinidad femenina absolutamente partidaria del varón, es cuando comienza la memoria histórica de Occidente, literariamente datada en la Iliada y la Odisea; obra en la que el machismo alcanza su cénit al ser practicado por un hijo sobre su propia madre. Es cuando Telémaco, hijo de Ulises, increpa a Penélope, su madre, diciéndole: “Ocúpate de tus husos, de tu tela y de tu lana, el silencio es la ley de las mujeres. Sólo a los hombres corresponde hablar”.

Los griegos, que intentaron espantar los terrores ancestrales del hombre con la filosofía, las matemáticas y la medicina, no consiguieron librarse del miedo instintivo a las mujeres y al matriarcado y se lo inocularon también a los romanos a través de su memoria cultural. No obstante, las mujeres romanas llegaron a alcanzar unos niveles de “independencia” que para sí hubiera querido el gineceo helénico. La matrona romana era una mujer inteligente, implacable, serena y digna hasta tal punto que Séneca llegó a decir que “los romanos dominaban el mundo pero que estaban dominados por sus mujeres”. Y eso que el bueno de Séneca no conoció a las princesas sirias que hicieron triunfar en Roma a la dinastía de los Severos, aunque sí fue devoto, a pesar de ser estoico, de Juno Moneta, la encargada de la acuñación de moneda y del comercio. Como vemos, hasta en la antigua Roma era el sexo femenino el que se encargaba de la economía familiar y doméstica. El todopoderoso Júpiter era todo un sietemachos, pero su celestial esposa, Juno Moneta, era la que manejaba el parné y, por lo tanto, la que le compraba el yelmo y la coraza, la espada y el caballo al nene.

Lo cierto es que el machismo, al que en rigor habría que llamar machocracia, sigue siendo un factor social condicionante de nuestra cultura, y para rendirse ante ésa evidencia no hacen falta profundos y sesudos análisis sociológicos. Basta con observar cómo la conciencia colectiva de Occidente ironiza con desdén sobre la castidad en los hombres, pero exige y busca la virtud en las mujeres.