Ni Chorizo, ni maricón. Por José Pedro Cruz.

Es esta frase parte de una educación recibida, educación de otro tiempo, ni mejor ni peor; bueno, yo creo que mejor que la actual seguro, aunque no lo niego… un poco anticuada. Pero era lo que entonces estaba al orden del día.

Era mi padre de la vieja escuela, de los que daban un golpe en el brazo del sillón amagando a levantarse, pero no se levantaba nunca, de los que salvo un par de cachetes, dados con mucha razón, no me puso la mano encima en la vida. Él estaba más a la retranca, por si hiciera falta, para la amenaza materna… ¡Que se lo digo a tu padre!, era mi padre, munición de reserva de la que no hay que utilizar… salvo si hace falta. Para el día a día ya estaba mi madre, era ella la “paloma de la paz” más pendiente de que los hermanos hiciésemos piña que de hacer justicia, no le importaba tener que repartir un tortazo a cada uno por no saber quién había sido el culpable de algo, ya que lo hacía con la alegría de que no quería saberlo, era esa la señal inequívoca de que entre hermanos nos tapábamos, de que nadie era un chota, de que lo importante era pasar el mal trago bajo las normas del código de silencio, de la omertá, que ya llegado el caso… ya llegaría la vendetta; pero por encima de todo estaba la familia. Así crecimos, un poco con esos retazos mafiosillos, así pasábamos los días bajo la supervisión de mi madre, toda una campeona, había sido medalla olímpica de lanzamiento, de lanzamiento de zapatilla sin parada previa, o bueno, quizás no le era, pero podría haberlo sido de estar reconocida tal disciplina. Y mi padre aparentemente más severo, era de los que nos daba dos voces, yo creo que más para que lo oyese mi madre, que por apetencia propia. No es que se desentendiese de nuestra educación, que también, ya que para eso quedaba la madre, mientras que él salía a trabajar y a procurar el sustento, sino que no le apetecía tener que representar el papel de ogro, el rato que estaba en casa, por lo que nos regañaba… a regañadientes, de cara a la galería.
Fueron muchas las enseñanzas que de él se me quedaron grabadas, hombre de magnífico humor, era incapaz de buscar quimeras con nadie, pero desde luego si tenía que tirar para adelante, era de los que tiraba, vaya… si tiraba. Cuando ahora le miro, transformado en ese anciano venerable, que a veces está y a veces se va sin moverse de mi lado, me acuerdo de muchas de sus célebres enseñanzas. Porque a pesar de ser de la vieja escuela, era de los que intentaba hacerte comprender las cosas, para que las interiorizases. Una de las frases que recuerdo es precisamente la que abre estas líneas. Mi padre siempre muy comprensivo, con las meteduras de pata propias de la adolescencia y de la juventud, pretendía que fuéramos gente de orden, pero entendía que en un momento dado, la pasión de los años, la vehemencia propia de nuestra temprana edad, nos pudiese traer problemas con la justicia, siempre nos decía que a lo hecho… pecho, que se afrontaba y ya estaba, que para eso estaba la familia… siempre la familia. Pero que entre las barbaridades que yo pudiese hacer, que a él nunca le tuviesen que llamar, porque me hubieran detenido por ladrón, que lo ajeno nos estaba vetado, que en casa las cosas se ganaban con esfuerzo personal, así que no admitía bajo ningún concepto que nos detuvieran por chorizos… ni por maricones. No entendía yo, porqué me iban a tener que detener por robar, si yo era persona respetuosa con las cosas de los demás, pero aún menos entendía lo de maricón, puesto que tampoco era yo de acosar los culos ajenos, pero la frase ahí estaba, con el tiempo entendí a qué se refería; no era tanto el odio al mariquita, al bujarrón o al afeminado, (a los que tampoco tenía simpatías), pero que no le molestaban; a los que de verdad mi padre odiaba con todo su alma, era a los viejos que se cernían sobre los chiquillos en los baños públicos, a los corruptores de menores, a los pedófilos, exhibicionistas, pederastas y demás ralea, a esos mariconazos no los podía ni ver.
Pensarán los que puedan estar leyendo esto, que mi padre era un homófobo… pues seguramente, algo de eso sería, pero no más que el 95 por ciento de la población existente en España, o en medio mundo en aquella época. El otro 5% eran precisamente los que perdían un poquito de aceite, o como se decía en los pueblos… eran esos que tenían que comer los garbanzos atados… para no ir perdiéndolos. Recordemos que poco antes ni el Psoe admitía afiliados homosexuales, y en los paraísos comunistas, eran deportados, asesinados o repudiados. Cuba creó guetos “agrícolas” para recoger homosexuales, el Ché fue martillo de gays a los que reprimió duramente, etc, etc, etc.

El otro día viví un hecho muy emocionante con mi viejito, y me tocó la fibra, estábamos dando un paseo, cuando nos cruzamos con quien había sido el presidente del PCE en nuestro pueblo, él también paseaba con su anciana madre. Entonces se acercó a mi padre y le dijo: hace mucho que no te veía, dame un abrazo, ¡ qué coño !, dame un beso, y tras besarle afectuosamente me dijo, tu padre es una de las mejores personas que conozco, ha ayudado siempre a todo el mundo; incluso a muchos que no se lo merecían, y desde luego gente que políticamente estaba muy alejada de él, sin importarle como pensasen; ayudó a muchos, yo le aprecio muchísimo.
Llevo días pensando en ello, que tus enemigos, (políticos en este caso) te ensalcen tiene más importancia que la adulación que pueda hacerte el que está a tu lado, sobre todo cuando como el otro día era absolutamente innecesario. Padre, me han detenido en mi vida por otras cosas, pero tranquilo, que nunca me detendrán por chorizo… ni por maricón.

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