Una peste de nuestro tiempo. Por Sergio Ruiz.

Una pandemia asola el orbe y se ceba con el Viejo Continente. Millones de personas la sufren y parece que no se la puede hacer retroceder. Es una peste presentada por los medios de comunicación como algo positivo y liberador, y es promovida desde las más altas esferas de poder político y económico. Esta peste mata a seres humanos inocentes en el vientre de sus madres, crispa las relaciones sociales entre hombres y mujeres, rompe noviazgos, matrimonios y familias, perjudica a los niños y beneficia a las patronales capitalistas, abaratando la mano de obra, y al Estado liberal, entregándole la educación de los niños. La devastadora peste de la que hablamos es el feminismo.

Una ideología que se ha convertido, y no creo exagerar al decirlo, en el mayor enemigo de las mujeres, de la feminidad y hasta de la humanidad, al menos en Occidente. Ha condenado a la sociedades europeas al invierno demográfico de la esterilidad y lejos de acabar con la violencia entre sexos, la ha incrementado, aumentando la violencia de mujeres hacia varones en las calles y en las casas, entre hombres y mujeres que no son pareja y los que sí lo son. Ha convertido las relaciones humanas en objeto de severa vigilancia reprobatoria en busca de los denostados “micro-machismos”. Nada en la cultura escapa a su ojo censurador. Escudriña todo. Como una especie de religión sucedánea, viene a redimir a los pueblos de sus pecados machistas y a salvar a las mujeres de la condena de sufrir el opresivo patriarcado y llevarnos al paraíso de la sociedad igualitaria. Esta seudoreligión viene a decirnos que la sociedad es mala, injusta y explotadora de la mujer desde los tiempos en que la historia humana dio a luz al período neolítico y su división natural del trabajo por sexos. Millones y millones de hombres y mujeres se han tragado esta falsa fe como un apetitoso y rico veneno, como una dulce droga que les hace sentir libres. Pero lejos de hacerles libres, el feminismo ha convertido a las mujeres en esclavas del capitalismo, sacándolas de la libertad y protección de sus hogares y poniéndolas a trabajar por un mísero salario (como los hombres), compitiendo por ascender y multiplicando y endureciendo sus quehaceres. El feminismo, con su ataque sistemático a la Religión Cristiana, a entregado a la mujer a las garras del libertinaje sexual y la ha convertido en mero objeto de deseo, para regocijo de golfos y degenerados de todos los pelajes. Ésta es la realidad, por mucho que tantos no quieran verla y se lleven las manos a la cabeza con las detestables consecuencias del ataque feminista a la cultura tradicional y sus valores e instituciones, como la familia, pero no se lleven las manos a la cabeza por el discurso de femiliberal del individualismo y el hedonismo, y el discurso femimarxista de la lucha de sexos.

¿Hay solución a todo esto? ¿Hay una alternativa real y positiva? Claro que la hay. Pero de eso ya trataremos en otra ocasión.