El silencio de los corderos. Por Manuel Escolano.

Hace casi treinta años se estrenó El silencio de los corderos. Fue el inicio de una serie de películas basadas en un sicópata llamado Aníbal Lecter.
Curiosamente, este archiasesino cae bien: solo mata-se come a groseros y gente, en general, a la que no lloraría nadie. Es superinteligente y hace cosas que, en el fondo, deseamos hacer todos. Mola.
Por otro lado, fue el inicio de un conjunto de películas y series de televisión basadas en el análisis de la conducta y el comportamiento, elaboración de perfiles, etc, más interesantes que la mera peli policial de chica guapa, acción y tiros (o, como dice un amigo mío, “de teta y metralleta”).  El libro en el que se basa, El silencio de los inocentes, es de Thomas Harris. Es un autor especializado en relatos de suspense policial, de corte psicológico. Escribe y estructura sus libros de tal forma que se puedan convertir fácilmente en guiones cinematográficos; cada capítulo es prácticamente una escena.
La película, aparte de crear un subgénero nuevo dentro del cine de suspense, nos atrapa por la maldad esencial del asesino en serie. Porque comete sus crímenes y despelleja chicas para, simplemente, hacerse un vestido. Su falta absoluta de empatía  (y la del doctor Lecter, otro que tal) aterroriza a los que somos seres humanos con apetitos  y ambiciones razonables: matamos por celos, envidia, odio, o dinero… no para ganar un concurso de asesinos, o para practicar la puntería o comprobar el filo del cuchillo.
La película, aparte de enseñarnos el mal de una forma a la que no estamos acostumbrados, nos plantea otras cuestiones interesante (por eso es una gran película, entre otras cosas). Por  ejempo: por qué nos cae tan bien Aníbal, si está pirao y además es un asesino que come porquerías. A dónde va el mundo si tamaña maldad anda circulando a nuestro costado sin que nos demos cuenta.  Por qué hay gente que se dedica a perseguir estos criminales, cuando debe de ser devastador vivir en ese paisaje de maldad.
La respuesta que da la protagonista  a esta última cuestión es que, habiendo visto como balaban de terror los corderos lechales que llevaban, quiso salvarlos, lo cual  le costó la expulsión de la casa de acogida en la qe vivía (una granja), e irse a vivir a un orfelinato. De mayor, quiso salvar a la gente indefensa e ingresó en el FBI. Tenía la sensación de que si salvaba a la chica secuestrada (y pendiente de ser asesinada y despellejada), los corderos dejarían de balar.
Es una actitud loable, el servicio a los demás. Y bonita:  los corderos molan.
Pues a mí, no me molan.
No me molan, no porque sean cobardes (que también), si no porque son mucho más culpables de lo que se suele creer. El cordero tiene miedo únicamente por sí y para sí. No le importa el rebaño. No hace nada por el. El rebaño no es una colmena,  o un hormiguero o una manada, cuyos miembros mueren por defender. El rebaño es un instrumento de protección. Una comunidad de intereses.  Que tengan cara de oveja como yo no tiene importancia. No son mis semejentes.
Cuando nos referimos a  rebaños humanos, se aumentan las miserias. El rebaño no es solidario, solo se preocupa de la seguridad de cada uno de sus componentes para sí mismo, esperando que no le llegue nunca el turno con el matarife (ja-ja).  El rebaño es fácilmente dirigible y manipulable; solo importa ir en la misma dirección que los demás, sea cual sea esta.
El rebaño es cruel: abandona a los enfermos o a los atacados por el lobo. O lo que es lo mismo, a los que piensan diferente, a los que están fuera del rebaño.
Que nadie se equivoque : el silencio de los corderos es muuucho más necesario para el crimen o el exterminio que la acción del verdugo o el asesino. Sin la colaboración de los corderos y su silencio no se puede estigmatizar o eliminar a una clase social, cultural, religiosa, nacional o ideológica; no hay verdugos suficientes… ¿corderos? Siempre y en todo lugar. A montones.
Mientras los nazis reunían a los judíos en el canódromo de París, los franceses miraban para otro lado o, incluso, los señalaban con el dedo. (y eso, que al final de la guerra, todos habían estado en La Resistance. Ja. Ja). Tampoco es mal ejemplo  que mientras ETA mata a tus vecinos, tu estudies eusquera a toa leche. Por ejemplo.
El que un rebaño sea tal, no quiere decir que sea siempre pacífico; aparte de cruel, puede ser violento: recordemos los gritos del rebaño durante  linchamientos varios, quema de brujas, guillotinamientos , etc… personas que jalean y festejan las muertes violentas de sus semejantes, y que uno a uno, cuando están solitos, es que no matarían ni una mosca.
El objetivo es pues, muy claro: conseguir un rebaño y cuanto más grande, mejor. Primero conseguimos crear un rebaño, luego ya le diremos lo que tiene que hacer. Primero, el lienzo y las pinturas. Luego ya pintaremos lo que nos dé la gana.
¿Como conseguimos crear los rebaños?  Vamos a ver si nos resulta familiar la música de esta copla:
Acabamos con la familia. La familia es clan, manada. Es  poner por encima del bienestar de uno el bienestar del grupo… no, no, no. No interesa. Se trata de justo lo contrario. Acabamos con ello facilitando las rupturas familiares mediante divorcios y separaciones. Horarios de trabajo extenuantey prolongados. Banalización de la familia. Control de natalidad. Banalización del aborto. Enconamiento de la guerra de sexos. Eliminación del papel del padre  en la familia, por convertirse en contingente  (van y vienen).
El centro de trabajo como integrador social, de unidad de acción y de lucha contra el abuso. Hay que acabar con esto: trabajo precario y escaso, que la gente no tenga seguridad y que no me haga pandillita. Debilitamiento de los gremios y los colegios profesionales. Competición entre trabajadores. Falta de amor a la profesión y a la tarea bien hecha: el trabajo es una manera de ganar dinero mientras dure. Después, al paro, y otra puñalada más a tu autoestima como persona útil y trabajadora.
Acabar con la religiosidad y con la espiritualidad de la gente. Ridiculizar como supersticiones el ansia de espìritualidad. Desacreditar las religiones (sobre todo la católica, que es la que tiene más implantación en nuestra cultura).
Desacreditar y estigmatizar el sentimiento de Patria,  sus símbolos (bandera, himno, etc.). Considerar como libertad de expresión cualquier ofensa, sobre todo las más groseras y gratuitas,  a aquello que nos une como destino. Normalizar el insulto y la falta de respeto a los símbolos.
Hacerse con los medios de comunicación. Aparte de dar la información que quieres y como quieres, hay que realizar series de televisión adoctrinativas en las que el que lleva una bandera de España sea un facha  (y sobre todo, que sea ridículo), y los que hacen el personaje de homosexual, inmigrante, protituta… sean simpáticos y enternecedores. No todo el mundo ve los telediarios, pero las series las devoran.
Utilizar un nuevo lenguaje, en el cual las doctrinas que se quieren inculcar sean libertad de expresión, educación para la ciudadanía, etc. Las que no, serán perseguibles por ley bajo la acusación de fascismo, xenofobia, machismo, discriminación, etc.
Establecer áreas de pensamiento y opinión, cada vez más extensas, en las que la gente se comporte como rebaño.  Dogmas indiscutidos que todos aceptan. Acostumbrarlos a los dogmas. Luego ya s cuales sonse decidirán los dogmas que tienen que seguir.
La libertad implica, de todas todas, responsabilidad. Hagamos a la gente irresponsable. Que aquí nunca pase nada. Que no haya consecuencias por nuestros actos. La culpa siempre es de otro. Esto es fundamental.
Una vez resuelto todo esto, los has convertido en rebaño y  puedes llevar a los corderos a donde quieras; los han engañado y  lo saben, pero sobre todo, les gusta. Van encantados y en silencio. El silencio de los corderos.