Sufragismo, feminismo y feminazis. Una huelga para fomentar la guerra de los sexos. Por Juan E. Pflüger

El próximo miércoles, 8 de marzo, las feminazis han convocado una absurda huelga que pretenden que tenga repercusión en todo el mundo desarrollado. Es una huelga feminista en la que pretenden que las mujeres dejen de realizar labores no remuneradas dentro del entorno familiar. Un absurdo porque una huelga es una herramienta de lucha en el ámbito laboral, y todas las buenas funciones que realizan las mujeres a las que llaman a la huelga no están reguladas contractualmente. Por lo tanto no es una huelga como tal, por mucho que el feminismo de tercera generación se empeñe en ello.

El movimiento feminista nació hace siglo y medio con el movimiento sufragista. Aquellas mujeres –Emmeline Pankhurst o Isadora Dunkan- abominarían de la guerra de los sexos en la que sus autoproclamadas sucesoras han convertido sus reivindicaciones.

Aquel movimiento pedía derechos similares a los que tenían los hombres: derecho al voto, acceso al mercado de trabajo,… Tenía lógica, Y ganaron la batalla. En la mayoría de los casos gracias a gobiernos de derecha. Recordemos como en España la primera vez que se dio el voto a la mujer fue a finales de los años veinte, cuando el general Primo de Rivera las incluyó en el censo electoral para las municipales. Y como luego, en la Segunda República, las fuerzas de la izquierda vetaron el voto femenino porque consideraban que votarían a la derecha. Y cuando votaron, las elecciones fueron ganadas por la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA).

Luego, en los años cincuenta y sesenta, vino la segunda generación de feministas. Fue entonces cuando se sentaron las bases de la deriva absurda que han tomado estos movimientos. Entonces, empezaron a reivindicar cuestiones tan poco feministas como el aborto. Consistía en eliminar lo más grande que tienen las mujeres, la maternidad, asesinando al hijo que llevan en su vientre.

Se vengaban en sus hijos por el odio que tenían a los hombres. Esas feministas ya podían votar, como los hombres; habían entrado en el mercado laboral, como los hombres; y tenían, a fin de cuentas, los mismos derechos y deberes que los hombres. Pero no les era suficiente.

Ahora vivimos las reivindicaciones de la tercera generación de feministas que, sin el más mínimo de los reparos, plantean una guerra de sexos que sólo pretenden el sometimiento del hombre.

Son las feminazis. Esas mujeres (perdón por la denominación, pero por mucho que se empeñen no dejan de serlo) que pretenden hacer pagar a las actuales generaciones de varones por los “pecados” que supuestamente cometieron generaciones anteriores. Ya no es una justa reivindicación, es la guerra contra el “machirulo”.

No tienen suficiente con la política de cupos de la discriminación positiva, ahora se inventan toda una serie de argumentos que poco o nada tienen que ver con la realidad.

Cuando uno lee eso de la brecha salarial, que sitúa a las españolas con salarios un 14% menores que el de los españoles, puede pareceré que sus reclamaciones tienen razón. Pero es falso, tanto como que las mujeres y los hombres somos iguales. Ya lo dijo una famosa sufragista: “¡Viva la diferencia!”.

La brecha salarial, tal y como las feminazis la presentan, consiste en coger el total de los salarios femeninos y dividirlo entre el número de trabajadoras y compararlo con el resultante de hacer lo mismo con los salarios masculinos. Pero eso no deja de ser una manipulación. Primero porque España es el país desarrollado del mundo en el que más se ha reducido la brecha salarial. En segundo lugar porque la brecha salarial solamente es sensible entre los trabajadores de más de 50 años. Entre los de menos de esa edad es mínima o inexistente.

¿Por qué? Muy sencillo. Porque hace treinta años la mujer no había ingresado en igualdad de condiciones en el mercado laboral y arrastra esas diferencias. Pero en la población de menos de 35 años, ya es la mujer la que gana más que el hombre.

Por otro lado tenemos la política de cupos, esa que impone que el 50% de los cargos estén ocupados por mujeres. ¿Por qué no se aplica también en lugares como las universidades españolas? Allí, el 54% de los alumnos son femeninos y el 58% de los licenciados también. En aras de la igualdad, ¡Expulsemos al 4% de mujeres que se han ganado el acceso a la universidad para meter a hombres, aunque no se lo hayan merecido! Y ¿por qué no? Suspendamos al 8% de mujeres licenciadas para igualar la tasa en ese indicador también. ¿No queremos la igualdad?