Barcelona la hipócrita: desmemoria histórica selectiva. Por Javier Barraycoa

Éramos pocos y parió la burra; en este caso Ada Colau, alcaldesa de Barcelona. El Ayuntamiento de Barcelona ha decidido que, el próximo 4 de marzo, sea retirada la estatua de Antonio López López, primer marqués de Comillas, sita en la plaza homónima de la Ciudad Condal. La motivación de dicha retirada se debe a la acusación -más que comprobada- que se cierne sobre el Marqués de Comillas de haber realizado parte de su fortuna gracias al comercio de esclavos. Por cierto, la escultura irá a hacer compañía a la ecuestre de Francisco Franco en el Museo de Historia de Barcelona.

Siendo sinceros, la inmensa mayoría de personas que transitan por ahí todos los días, no tienen ni idea quién fue Antonio López, y les importa un comino pues ni se fijan en la escultura. Excepto a las palomas que habitualmente se posan sobre su testa, el monumento sólo parece preocuparles a los cazadores de incorrecciones políticas. Sí, Antonio López fue negrero, y su hija primogénita se casó con el industrial Eusebio Güell, primer Conde Güell. La unión de estas sagasimpulsó muchos de los grandes monumentos modernistas de Barcelona, Palacio Güell hasta el Parque Güell. Antonio López y su familia de la rama de los Güell, acogieron y patrocinaron a la flor y nata de la “renaixença” catalana, empezando por el mecenazgo sobre Mn “Cinto” Verdaguer, Gaudí, o las obras fundamentales de los arquitectos Martorell, Domènech i Montaner, o los mejores escultores del momento como los Llimona o los hermanos Vallmitjana.¿Por qué no retiramos también todo ello de nuestra memoria colectiva?

El nieto de Juan López -Juan Antonio Güell y López- se codeó con la Lliga Regionalista de Cambó, igual que muchos descendientes de indianos y negreros. La Cataluña burguesa y catalanista amasó grandes fortunas con la sangre de la esclavitud y -sin ella- no tendríamos esta Barcelona modernista -e hipócrita- ni una burguesía capaz de haber iniciado la aventura política del catalanismo. ¿Quién impulsó el gigantesco proyecto de la Vía Layetana (removiendo cientos de edificios medievales, para abrir la ciudad al mar)? o ¿quién patrocinó la Exposición universal de 1888 que dio a conocer Barcelona al mundo entero, sino Antonio López, el condenado en marzo a la defenestración? Un libro de esos que hacen pupa, fue el escrito en 2017 porMartín Rodrigo y Alharilla, y titulado: Negreros y esclavos: Barcelona y la esclavitud atlántica. Y ahí salen retratados todos. Hasta el tatarabuelo de Artur Mas que se enriqueció traficando con seres humanos.

Empecemos pues a realizar una eliminación sistemática del pasado que no nos gusta. Empecemos por las calles y obras de las famosas sagas indianas que levantaron la industrialización de Cataluña: los Vidal-Quadras, Goytisolo, Samà o Xifré. Retiremos la actual fachada de la Catedral de Barcelona que fue financiada por indianos muchos de los cuáles tenían esclavos en sus Ingenios cubanos. Echemos abajo el actual barrio gótico,ya que una parte de él fue artificialmente reconstruido en el primer tercio del siglo XX, gracias a los edificios medievales que el Ayuntamientoretiró de la Vía Layetana, a iniciativa de Antonio López.Dinamitemos los edificios modernistas del Parque de la Ciudadela y el Arco de triunfo de Barcelona, fruto del patrocinio de negreros para la exposición universal. Seamos sinceros y “auténticos”. Fuera la hipocresía, no dejemos nada en pie. Ni siquiera los restos de la ciudad romana cuyas murallas se levantaron con el sudor de los esclavos que tenían subyugados los romanos.

Prohibamos el ron Bacardí, cuyo padre fundador fue el esclavista Facundo de Bacardí; o eliminemos los excelentes puros que salieron de las fábricas del negrero Jaime Partagás. Incluso podemos borrar de un plumazo La Caixa, en cuyos orígenes se llamabaCaja de Ahorros y Monte de Piedad y uno de sus presidentes fue el inconmensurablemente rico, Josep Xifré Casas. Éste era negrero de profesión y unos de los grandes impulsores inmobiliarios de la Barcelona de la que somos herederos. Fundamos la estatua ecuestre del General Prim en el parque de la Ciudadela porque ordenó bombardear Barcelona con más entusiasmo que las tropas de Felipe V. O desvencijemos la plaza dedicada al Duque de la Victoria., que no era otro que Espartero. También un entusiasta de bombardear Barcelona desde Montjuic un poco antes que Prim. Pero a éste y a Prim se les perdona porque eran masones y habían derrotado al carlismo en los campos de batalla.

No, no hacemos apología ni de los negreros ni de la burguesía catalana que acabó derivando en catalanista. Sólo nos molesta la frivolidad de la ignorancia y el atrevimiento de los estultos. Sorprende visitar la Rusia postsoviética y encontrarse infinidad de estatuas de Lenin que nadie ha osado retirar. Y reconocemos que le encontramos un sentido. Los rusos, como tantos otros pueblos, saben que para subsistir, tienen que digerir su historia mal que les coja un corte de digestión. No tiene reparos en recuperar la memoria histórica de los zares y mantener las efigies de Lenin. Su propio himno es un intento de salvaguardar la música del himno soviético, con una letra adecuada a los nuevos tiempos. Un pueblo, una nación, un imperio, no puede permitirse el lujo de reinterpretar cada generación su pasado en función de intereses ideológicos dominantes en el presente pero efímero en el tiempo. Todo ello dinamitaría una conciencia nacional que debe asumir lo bueno y lo malo de la propia historia. Sólo así ésta es maestra y no intrumento de adoctrinamiento.

¿Acaso los padres de la patria americana y de su Constitución, como Jefferson, no tenían esclavos? ¿Acaso los primeros presidentes norteamericanos no poseían inmensas propiedades cultivadas por negros? ¿Acaso el Partido demócrata actual, sí el de Bill Clinton y Obama, no fue el que dominó -a principios del XIX- en el sur americano y era ferviente partidario de la esclavitud? Imagínense que en Estados Unidos quisiéramos aplicar con rigor una ley de memoria histórica. No se salva ni el tato. De hecho, sin saberlo, ya han empezado a manifestar su declive al empezar a ceder a la corrección política. En los últimos tiempos han empezado a retirar estatuas de Colón o de generales sudistas, por ser “políticamente incorrectas”. Sigo envidiando a los rusos y su capacidad por mantener ese difícil equilibrio histórico. Si a un padre de familia ruso, su hijo le pregunta sobre qué representa una estatua de Lenin, el padre podrá contestar según su criterio y conciencia. Pero si no existe ninguna estatua el niño nunca preguntará a su padre sobre la cuestión. No se pueden resolver los aciertos y errores del pasado, borrándolos según intereses sectarios.

Volvemos a Barcelona. Mientras en la Ciudad Condal de ha emprendido una cruzada contra la burguesía que erigió la ciudad de la cuál vivimos todos, gracias al turismo, tiene a bien poner a plazas y calles nombres como Carlos Marx: el padre de una ideología responsable del asesinato de cien millones de personas; o la Plaza de la república, que sólo en Cataluña y durante los años 1936 y 1919, se llevó por delante a 8.500 catalanes asesinados por las cunetas y las checas. No pasa nada. Se buscan recodos para poner nombres a calles dedicados a terroristas como Puig Antich, o magníficas plazas dedicadas a racistas como el Dr. Robert o paseos que entronizan el recuerdo de responsables de miles de asesinatos como Lluís Companys.

Es evidente que estamos ante un caso de desmemoria histórica selectiva y de un trastorno colectivo de la personalidad. Barcelona, la ciudad hipócrita por excelencia, quiere hacerse un lavado de imagen políticamente correcto. Los fariseos necesitan que el exterior de sus sepulcros apestados de herrumbre, luzcan blancos y democráticos; igualitaristas y multiculturales. Nada importa que de Barcelona surgieran negreros o los teóricos del racismo más radical, de toda España como Pere Rossel, diputado de la primera ERC. Unos se eliminan y otros se ensalzan. Entre las propuestas para la nueva denominación de la plaza todavía dedicada a Antonio López, una merece especial atención: la del guineano Idrissa Diallo, un joven fallecido en un centro de internamiento en Barcelona en 2012. Si al antaño omnipotente y rico Antonio López, ya no lo conoce nadie, imagínense al pobre guineano. Pero da igual. La cuestión es hacernos creer que esta Barcelona, devoradora de cuerpos y almas, es la ciudad más chupi-guay del planeta tierra y que se erigió así misma gracias a la voluntad popular y la pureza democrática de sus gentes. Sólo que por culpa de unos negreros y burgueses explotadores, podemos gozar de uno de los mejores modernismos del mundo. Pero da igual. Somos hipócritas y ese pecadillo lo podemos obviar y hacer desaparecer.