Viejos tiempos, buenos tiempos. Por Manuel Escolano.

Me ha dado por pensar, últimamente, si no estaré en ese momento de tu vida en el que conviertes en el abuelo cebolleta.

Los cebolleta nos caracterizamos por gruñir. Mucho. Con estilo. Por cualquier cosa. Por esas tonterías como ver pintarrajeada una pared, por ver como se tiran colillas encendidas desde las ventanillas de los coches. Por el botellón. Por esos inefables jovencitos que nos amenizan con reguetón a tó volumen, ataviados con esas gorras que tienen la visera para atrás. Por los programas de la tele, llenos de vagos profesionales que cobran por hacer nada. Por ver agente por la calle que no cede el paso o concede una sonrisa ni aunque la maten… en fin.

El gruñido, en sí mismo, aparte de ser una plastez, es signo de debilidad. Me da la impresión que esa fase-espumarajo cada vez que veo-leo-escucho al Rufián se me va como pasando, y voy entrando en un estado de resignación asqueada que no me gusta ni un poco.

Los cebolleta, además, tienden también a hablar del pasado como tiempos mejores. Los buenos viejos tiempos.

Pues sí, echo de menos aquellos tiempos. Creo que todo el mundo tiende a idealizar su juventud, y probablemente los de las generaciones de los años sesenta más, pues hemos vivido una vida llena de cambios sociales y políticos.

Creo que estos últimos meses estoy más abuelete por otro motivo.

En septiembre fue el 50 cumpleaños de un amigo querido, aunque relativamente reciente. Su mujer me pidió que le echara una mano en la preparación de la fiesta que debía ser, además, una sorpresa. Preparamos invitaciones, música, comida, chucherías y decoración: toda de los años 80, los de nuestra adolescencia. Leche pantera y Mecano. El Coche Fantástico y Regreso al Futuro. Madonna y Boy George. Los pantalones de campana y los Bucaneros… bueno, qué os voy a contar.

Luego hubo que localizar a los amigos. A los de la facultad, a los de los primeros trabajos. A los del cole, y…ooooh: a los de “Verano Azul”.

La pandilla de Verano Azul es como su mujer y yo agrupamos a los amigos del verano. Los de la urbanización. Con los que te ibas cada año a transitar por los 2 meses de vacaciones que si no se harían insoportables. Estos en concreto iban más allá, pues estuvieron juntos desde canijos. Canijos-canijos. Se pasaron la infancia y adolescencia los unos en las casas de los otros, adoptando como tíos a los padres de los demás; los cuales, como es lógico, acabaron forjando amistades, o cuando menos cordiales relaciones, hasta el día de hoy.

Se puede uno imaginar fácilmente la alegría de todo el mundo cuando se ve invitado a una fiesta con la que se va a reencontrar con amigos de la infancia, a los que no ha visto desde que la mili, la universidad y el devenir natural de la vida te han llevado de acá para allá.

Yo, que no pertenezco a esta pandilla, no tengo sus recuerdos, y a muchos de ellos, nisiquiera los conocía. Pero uno de ellos me dijo, entre copas, algo que me ha hecho reflexionar mucho: siempre he recordado con muchísimo cariño esos años, pero es después de tener hijos cuando me he dado cuenta de la enorme suerte que tuvimos de disfrutar de esa infancia.

Y es verdad. Yo no he tenido exactamente sus mismas vivencias… pero sí experiencias muy parecidas. Tenías unos horarios que había que cumplir: de comida, de merienda y de cena. Y de hora de volver a casa. Pero eras libre de ir a donde quisieras: unos niños cuidaban de los otros. Los padres estaban completamente tranquilos. Y sin móviles. No necesitabas nada para ser feliz: una bicicleta, un montón de amigos y libertad e imaginación. No eran necesarios sofisticados mecanismos electrónicos. Casi, ni dinero. Con dos de pipas estabas en la gloria.

Los padres no temblaban si llegabas cinco minutos tarde (es cierto que temblabas tú). No pensaban en un atentado terrorista, un secuestrador, un tratante de órganos, un violador o un asesino; pensaban en la bronca que te iban a echar.

Los niños tenían los mismos padres toda la vida, los cuales no eran ni drogadictos ni ludópatas, pues eso no podía ni catarse. Tus padres tenían trabajo estable, pues el concepto “paro” ni siquiera existía. Se podían hacer planes de futuro. El Estado no era omnipresente en tu vida. Lo eran tu famila, tus amigos. Tu entorno.

Tu familia, se consideraba en un sentido amplio. No solo eran tus padres que, insisto, lo eran para toda la vida. Tus hermanos (entonces se tenían hermanos). Tus primos. Tus amigos “de la calle”.Tus tíos y tus abuelos. La familia, ahora, es variable y multiforme. Está la monoparental, en la que papá se las piró o le echaron. La homosexual, en la que tienes dos papás o dos mamás. (o tres, porque los homosexuales también se casan y se descasan). Y los hermanos postizos… bueno, hermanos postizo-temporales, aportados por la nueva pareja de tu padre o madre, de la que luego se separan… a lo mejor después de haber concebido en común un hijo nuevo, que pasa a ser tu medio hermano a tiempo parcial y a distancia.

Así las cosas, toda esa estabilidad, todas esas referencias, todo aquello que parecía inmutable, todas esas cosas que vivimos nosotros en nuestra infancia, nuestros hijos no las han vivido. Les hablas, literalmente, de otro planeta. Me da muchísima pena.

Todas esas relaciones, sustituidas ahora por la play y el móvil, se acabaron. Se ha perdido el concepto familia como tal. Tu entorno. Tu municipio. La calle. La escuela. El trabajo. Los principios. La estabilidad. Saber cual era tu sitio en el mundo. En definitiva, todo aquello que te hacía una persona libre y completa, con un entorno social y con una familia que te protegía de los ataques del estado totalizador, de la televisión y del pensamiento único. Hay que destruir todas estas cosas porque la familia es lo contrario del rebaño, y aquí no queremos personas, que queremos borregos.

Quien quiera ser tan ciego que no quiera ver que esto no es casual, allá él.