La diferencia entre lo público y lo privado. Por José Pedro Cruz.

A veces vamos por la calle y comprobamos cómo alguien va bebiendo de una lata de cerveza, y al llegar al final de la misma, al apurar el líquido elemento, lanza la lata tras de sí, y continúa su marcha. En algunas ocasiones yo mismo se lo he recriminado, con un sencillo:  ¿en tu casa… también tiras las latas al suelo de la cocina?… con dispares resultados; ha habido quien ha pedido perdón avergonzado, procediendo acto seguido a recogerla, ha habido alguno que se ha enfrentado chulesco y los más se han hecho los suecos y han continuado su camino.  Lo de los suecos es un decir, porque tengo entendido que por allí no son tan guarretes como por estas latitudes. Últimamente, cada vez veo más el tema de las latitas, y cada vez lo recrimino menos, básicamente por la prudencia que me ha enseñado la vida. El temor a que el zumo de cebada lo hayan utilizado para trasegar otras sustancias y puedan responder de manera sorpresiva, fuera de control, me produce miedo; miedo por los guarros, y … por qué no decirlo, miedo también por mi reacción, porque he observado, si se me permite la expresión, como dicen en mi pueblo, que cada vez aguanto menos, una avispa en los cojones. Además, ¿por qué tengo yo que desasnar a tanta gentuza, por qué tengo yo que ejercer de padre de todos ellos, cuando la mayoría son bien mayorcitos?. He pedido por activa y por pasiva que Dios, Nuestro Señor, me diera superpoderes para luchar contra toda esta caterva de indocumentados. No, no quiero ser Supermán, a pesar de que el azul y rojo siempre me sentó muy bien. Spidermán tampoco, con lo mal que lo paso desenredando sedales en las jornadas de pesca, es posible que me acabase ahorcando con tanta telaraña. Yo lo que pido es muy sencillo… Le he pedido al Todopoderoso que me convierta en el “Tío de la vara”, No quiero un bate de béisbol, no, sencillamente una varita de fresno o de avellano, y de vez en cuando… zas, en to lo alto, del imbécil que tira la latita, del tonto de la gorra con la visera hacia atrás, del maleducado que habla a su novia como si fuera su putita, como si fuese el permanente protagonista de una canción de perreo, mientras nos enseña la raja del culo, con un pantalón caído… tirado más bien. Pero el Supremo Hacedor, mucho más inteligente que yo, es más… todo Sabiduría; no me deja ejercer esa dignísima tarea de superhéroe del Bierzo, o de la Mancha. Creo que mucho Se teme, que si me otorgase tal canonjía… no quedase lomo por sacudir, nalga ni posadera sin varazo, cogote sin marca, ni pantorrilla sin picores.  Y es que a mí, si algo me molesta es la mala educación, no la poca, que de eso muchas veces no se es responsable, sino la mala.  Uno puede ser un cerdo en su casa y ser igual en la de todos, pero yo estoy convencido que la mayoría de los maleducados, en su casa no harían lo que hacen en la casa pública, o con la cosa pública.  Pocos orinarían en la columna de la salita, o lanzarían las latas al suelo mientras ven un partido, tampoco creo que tengan ni las superllantas de sus supercoches supertuneados o la pantalla de la televisión de casa graffiteadas,

Vamos que como decía antes, su actitud es sencillamente una pose, es un demostrar que están por encima de normas sociales, de convencionalismos; y que desde luego, no es lo mismo sus bienes privados… que los públicos, que son… como que no son de nadie.  Así vemos igualmente al imbécil de la coleta, de apellido Iglesias para más señas, que en una fiestecita privada se pone un smoking y conserva toda la etiqueta, y cuando llega a un acto público, al parlamento, o incluso aunque sea el rey quien le va a recibir, se presenta en mangas de camisa, en vaqueros, y con rodeles de sudor debajo del brazo. Y eso que todavía no ha llegado a tanto como Anna Gabriel, la de la CUP, que se huele de vez en cuando el alerón, para irnos dosificando el “Eau de Sobac”. Zas…. (mágica varita).

Y lo mismo hacen con todo, en su casa no invitarían a comer a nadie, ni cederían una habitación a un okupa, (es la esfera de lo privado),  pero con lo público la cosa cambia: Barra libre para todos, ya sean refugiados o no, hayan pasado la valla saltándola, por debajo, pasando por encima de la Guardia Civil, o hayan venido por mar. Barra libre… que no pago yo.

Los estudios… gratuitos, libros, subvenciones y ayudas, viviendas, sanidad libre, medicinas, ropa, todo tipo de ayudas sociales, abogados, exenciones fiscales, trato prioritario… con lo público. ¿Con lo privado? Una mierda; ¿alguien ha visto alguna vez a Manuela Carmena hacer una jornada de puertas abiertas en su mansioncita de Conde Orgaz?. ¿Alguien recuerda al Sr. Iglesias hablando de la gente del Lumpen que irrumpía en sus fiestas y los tenía que echar él a puñetazos?, ¿alguien recuerda a Mohedano el adalid de los derechos humanos, o a Virgilio Zapatero renunciando  a sus aparcamientos reservados, o recogiendo a humildes trabajadores de las paradas del bus, para hacerlos subir a las moquetas y pieles  de sus fantásticos Jaguar?

Toda esta gentuza nos genera confusión, siembran en nuestras cabezas la sensación de culpa, porque nuestras conciencias se resienten ante hechos que nos conmueven. Pero ellos no, ellos utilizan lo público como arma electoral, como un laboratorio experimental donde van valorando el resultado de sus acciones, pero no porque disminuyan el hambre del mundo, sino porque obtienen más sufragios en sus cajitas de metacrilato.

Ellos no hacen sufrir sus conciencias, porque carecen de ellas, y ellos tienen claro cuál es la parte pública y la privada; la pública es la que pagamos todos y por eso… no es de nadie. Y la privada, la que disfrutan ellos solos.

Cuánto Tío de la Vara hace falta… Señor… Señor.

… Y que bien vivíamos cuando sólo había un tonto por pueblo.

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