Por un poco de leche condensada

Esta es una pequeña historia, de las muchas que sucedieron en la guerra. Tuve la fortuna de conocerla a través de un hijo del protagonista, quien me la contó en una oscura noche en Galicia.

Trabajaba yo entonces para una Asesoría Jurídica de una importante empresa, y tenía a mi cargo el cobro de los impagados; no sólo hacía las negociaciones previas a la interposición de la demanda, o la presentación de las mismas cuando las negociaciones fracasaban, sino también incluso el desplazamiento como portador de los exhortos de embargo, tarea esta, que me hacía desplazarme de un punto a otro, por toda la geografía española.

Me habían fijado fecha para la realización de una diligencia de embargo, en el juzgado de Cee, era un frío día de invierno, hará de esto algo más de treinta años; y dos o tres días antes de la fecha señalada me dirigía yo hacia la zona para realizar una labor detectivesca y hallar bienes del moroso sobre los que realizar la traba, llegado el momento.

Tomé en Madrid el tren, el “Rías Baixas” creo recordar, y me dirigí a Santiago de Compostela. Desde allí tenía que tomar un autobús dirección Corcubión, distante unos 80 kilómetros. Quizás fuera el retraso del tren, o quizás mi imprevisión, pero lo cierto es que cuando llegué a Santiago, no había ningún autobús ya que saliera para la costa, por lo que ante la posibilidad de tener que quedarme en Santiago con un frío y una lluvia de mil demonios, opté por cogerme un taxi, y marcharme al hotel que ya tenía reservado, donde por cierto la hija de la dueña, a la que ya conocía de otras veces… estaba de muy buen ver.

Y tras esta breve introducción… me dirijo a un taxi, le pregunto que si está libre, y que si me puede llevar a Corcubión, La noche muy desapacible, la carretera no era buena, pero la carrera no era mala, y el taxista, muy agradable, me dijo que adelante, que subiese que él me llevaba.

Estaba la estación y sus alrededores, llenos de carteles electorales, no recuerdo si acababan de ser las elecciones en Galicia, o estaban a punto de serlo, el caso es que con cierta precaución no parecía un mal tema para iniciar una conversación en un trayecto que nos iba a llevar una hora larga, por lo que deslicé una sutil y neutral observación sobre los muy variopintos pasquines que decoraban cada rincón del aparcamiento de la estación. Con ella pretendía ver un poco de que pie cojeaba el “pesetas” y si la cosa se torcía, con empezar a hablar de la riqueza de la gastronomía gallega, bien se podría encauzar.  Resultó que el chófer no traía mala conversación, tan sólo un poco dificultosa de seguir en ocasiones, porque era de estos gallegos cerrados, cerrados a los que dan ganas de decirles… ¡pero abre un poco más la boca, que no dejas salir las palabras!.

El caso es que él me repetía amablemente aquello que yo no entendía, y lo amable se tornó en amigable, deshinbiéndose  el taxista a medida que iba cogiendo confianza. Lo que empezó siendo un hablar por hablar de las elecciones (estábamos aún casi en la transición), acabó siendo el relato de algunas experiencias personales que con el retroceder de los años, acabó en la guerra, y la conversación empezó a girar sobre su padre, un valeroso patriota que había luchado en el bando nacional, y que había muerto recientemente.

Me contó que efectivamente su padre, desde temprana edad, se había inclinado políticamente por el nacionalsindicalismo. Era el padre camionero de profesión y en uno de sus viajes a Madrid había tenido la ocasión de dejarse seducir por el verbo fácil de un joven abogado llamado José Antonio, por lo que se alistó a  la falange, siendo un “camisa vieja”, uno de los primeros falangistas de Galicia.

En uno de sus viajes, estalló la guerra y si bien su pueblo quedó en zona nacional, él se encontraba en zona roja, su camión fue decomisado y le resultó harto difícil poder hacer el regreso a su querida tierra gallega. Cuando al fin lo consiguió, había pasado mucho tiempo, y cuando llegó a zona nacional, fue detenido y sometido a un procedimiento de “depuración” por ver si realmente era persona de fiar o  enemigo con ansias de infiltración.  Lo que parecía fácil de demostrar resultó no serlo tanto; y sacar pecho presumiendo de Azul Mahón, no iba a ser tan sencillo, como a primeras luces pareciera. Pasaban los días, y él seguía detenido, la causa… una denuncia en su contra de uno de sus vecinos que le acusaba de rojo, ¿Cómo le iban a tildar de marxista a él, que era un falangista conocido?… Era fácil, la causa…un intento de deslinde de las fincas de un vecino que quería ampliar su patrimonio aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, o en este caso… el Miño por Lugo o por Salvatierra. Vamos que el hijo de mala madre, de su vecino aprovechando la coyuntura se iba a quedar con los predios del de Falange uniéndolos a los suyos propios, mediante un acto tan ruín, tan mezquino y tan lleno de egoísmo que  podía suponer grandes males para el camionero, debido a la falsa delación de su colindante de toda la vida.

Aclarado el entuerto, y recuperada su consideración, su libertad y su uniforme, pasó a prestar servicios en retaguardia acordes con su trabajo de conductor, experto en manejo de mercancías y con un gran conocimiento de las carreteras de la zona, iba rellenando de suministro cantinas y despensas, almacenes y furrielerías; cuando un día de repente se encontró precisamente de furriel, a uno que conocía desde chiquito. Perfectamente ataviado, botas acharoladas, correaje, pistola al cinto, y … camisa azul. Sorprendido el padre de mi taxista de que aquel amiguete fuese tan perfectamente uniformado, casi rozando lo esperpéntico, teniendo en cuenta su responsabilidad como almacenero, parecía más presto a ir a un desfile, que a colocar sacos de patatas, y otro tipo de suministros racionables. Le preguntó al figurón que desde cuando era falangista, puesto que jamás le había conocido por ser de esa ideología y tener esas inquietudes. Respondiendo el otro con evasivas, pero asegurándole que era un camarada a carta cabal, por lo que mutuamente se ofrecieron unas tazas de Ribeiro, y pasaron a degustarlas.  Pudo ser que el vino soltase la lengua, pudo ser que un farsante no puede engañar a todos todo el tiempo, o pudo ser que el falangista de verdad, no se hubiera tragado del todo la versión del advenedizo, pero lo cierto es que tras unos vasos, el furriel se sinceró, y le dijo que emboscado allí, no corría riesgo ninguno, por no tener que estar en primera línea de combate; pero que lo mejor de todo era que desde que estaba en ese puesto se estaba trajinando a las tías más buenorras de todo Galicia.

Este último comentario hizo arquear una ceja al protagonista de nuestra historia que quiso saber más, y descubrir a que se debía ese misterio y como un uniforme podía convertir a un tipo zafio, en un seductor.

El falso falangista envalentonado y ya sin recelo alguno se sinceró, era fácil: en Galicia se estaba pasando hambre y él estaba como encargado de los suministros, cualquier madre que no tuviera con qué dar de comer a sus hijos a cambio de un trozo de tocino o de un bote de leche condensada, se ponían de rodillas frente a él, y textualmente “tenía que dar número, para que se la fueran chupando”.  Poco tardó en descubrirse el aprovechado, pero menos aún tardó en sacar el nueve largo de su funda nuestro protagonista y descerrajarle un tiro en toda la frente, indignado por el secreto desvelado por aquel hijo de puta, que aprovechándose de un uniforme que no era suyo, y jugando con el hambre de madres que tenían que alimentar a sus hijos, era capaz de cometer esa indignidad,  de comportarse como un bellaco, dando rienda suelta a sus más bajos instintos.

– Eso ya no volvería a pasar. Pensó el camionero, que guardando la pistola aún humeante, fue a entregarse al puesto de guardia más próximo, explicando las causas por las que hubo de ajusticiar a semejante canalla.

No digo yo, que la actitud fuera la más correcta, pero lo cierto es que en aquel momento, sólo me faltó dar palmas en el taxi, cuando su hijo me lo contaba, me había ido metiendo en la historia y estaba encogido, la piel de gallina, escuchando el desenlace del caso, mientras no paraba de llover y de relampaguear en una carretera serpenteante entre bosques de eucaliptus.

El padre fue procesado, no sé si condenado o arrestado, por haberse tomado la justicia por su mano, pero tras la instrucción de la causa, tras investigar a los intervinientes en el suceso y supongo que tras hacer inventario de los botes de leche condensada que quedasen en el cuarto del furriel, en breve salió en libertad. Me decía el hijo, que había dos cosas que su padre, siempre había contado, y que las dos le dolían muchísimo, por una parte ese abuso de poder sobre mujeres necesitadas. Y por otra parte, no dejaba de venírsele a la cabeza, ¿qué podrían pensar y transmitir a sus hijos esas mujeres, cada vez que viesen a alguien con un yugo y unas flechas adornando el bolsillo de una camisa azul…

Lamenté no haberle conocido, y tras llegar a Corcubión, tras agradecer a mi amigo el taxista (en aquel momento ya lo era), tan vibrantes historias, le pedí que la próxima vez que fuera a honrar a su padre al cementerio, que le pusiera en su tumba cinco rosas en mi nombre, dándole dinero para ello.

Estoy seguro que lo hizo, llevando tan buena sangre en sus venas no pudo ser de otro modo.