Mora de Toledo: un pueblo marcado por el terror rojo.

Mora es un municipio español de la provincia de Toledo, en Castilla-La Mancha en el que más de sesenta vecinos de esta localidad fueron asesinados por las milicias rojas capitaneadas por Enrique Líster Forján, el comandante comunista de la XI División. Los hechos se remontan al 19 de Mayo de 1937 cuando asumiendo el mando sin orden de sus superiores se tomó la justicia por su mano.

Enrique Líster Forján, el comandante comunista de la XI División, fue el responsable de numerosos asesinatos de campesinos castellanos, más de 60 fusilados en este pueblo que jamás negó e incluso justificó: “Hubo que crear un Tribunal en Mora de Toledo y tomar algunas medidas muy serias. Luego me acusaron de que si yo había fusilado y tal y cual; y yo he respondido que sí, que yo he fusilado, y que estoy dispuesto a hacerlo cuantas veces haga falta. Porque yo no hago la guerra para proteger a los bandidos ni para explotar a los campesinos; yo hago la guerra para que el pueblo tenga libertad”.

La mayor parte de las víctimas, al ser sacadas fuera del pueblo para su ejecución, las fusilaban, estando sujetos unos a otros y después de muertos les quitaban los documentos y dinero que llevaran encima y a muchos además el calzado y la ropa si estaba en buen uso. Es difícil conocer con exactitud los tormentos que se pudieron dar a las personas asesinadas por dirigentes y milicias rojas que actuaban en este sentido, ya que las víctimas eran sacadas en camionetas fuera de la población y ejecutadas en otros términos, sin embargo puede precisarse en algunos de los casos:

Al que se consideraba Jefe de Falange, le mataron con tijeras de podar y palos y luego fue llevado al centro de la población y quemado en presencia de sus vecinos.

Al Jefe de Correos de esta localidad, aunque le permitieron marcharse del pueblo, más tarde lo capturaron y fue llevado al cementerio de un pueblo próximo donde le maltrataron y le cortaron varios miembros de su cuerpo antes de fusilarle.

A un propietario de una fábrica, al que sacaron solo una noche con dirección al cementerio de un pueblo cercano, le cortaron las orejas y le hicieron cortes en la cara y en el cuerpo. Cuentan los más ancianos de Manzaneque, pueblo donde ocurrió, que todavía recuerdan los espeluznantes gritos del torturado.

A las mujeres, antes de matarlas abusaban de ellas, y si alguna ofrecía resistencia, era violada sin piedad. De esas mujeres asesinadas Antonio Montero Moreno escribe lo siguiente: “Posteriormente, entrando ya el año 40, pudo averiguarse que todos ellos habían sido asesinados en las inmediaciones de la fábrica de harinas y sepultados en una zanja abierta al efecto en pleno campo. Lo más grave del caso es que, según acredita la exhumación de los cadáveres, las víctimas sufrieron horribles mutilaciones, probablemente antes de morir. En los restos de la madre Cándida apreciaron sus familiares que tenía el cráneo hundido, posiblemente por un golpe de hacha; la mano derecha separada del brazo y cortado uno de los pies”. Y más adelante añade Antonio Montero Moreno: “En aquel grupo figuraban, asimismo, las hermanas Dolores y María del Carmen Cano Sobrerroca, dos jóvenes de Acción Católica, que dejaron tras sí un ejemplarísimo historial apostólico. También sobre sus cadáveres se han apreciado amputaciones de la mano derecha y señales de haber sido muertas a puñaladas” (“Historia de la persecución religiosa en España 1936-1939”. Madrid, 1961, págs. 524 y 525).

Se produjeron también numerosos saqueos de edificios y casas así como la total destrucción de del interior de la Iglesia Parroquial, Convento y Ermitas del Hospital y Antigua. Los objetos del culto, unos fueron destrozados y otros de valor, como la Custodia, viril y Sagrario, todo de oro y plata, fueron llevados a Madrid.