La expulsión de los judíos. Por Pío Moa.

La Inquisición tuvo un doble papel presionando por la expulsión de los judíos y luego en la persecución de los falsos conversos. Como es sabido, la expulsión valió a los Reyes Católicos la felicitación y el beneplácito de los demás estados europeos, los que indica una actitud muy común hacia ellos. De hecho habían sido expulsados también de Inglaterra, Francia y algún otro país, pero no del mismo modo. En Inglaterra y Francia la expulsión fue repentina para apoderarse de sus bienes, mientras que en España se les dio oportunidad de bautizarse y tiempo para vender sus pertenencias.

De siempre, la política hacia los judíos en Europa alternaba entre la tolerancia (en el sentido estricto de ser tolerados, no queridos), la persecución y la expulsión. Solian protegerles monarcas y nobles, por las ganancias que obtenían de ellos, y, de modo ambivalente el papado; y les odiaba el pueblo llano. Esa aversión nacía, según Sánchez Albornoz y otros, de los préstamos usurarios del 100% anual y más, necesitados por la gente humilde para subsistir en años de sequías y miseria. El rey Fernando señaló: “Hallamos los dichos judíos, por medio de grandísimas e insoportables usuras, devorar y absorber las haciendas y sustancias de los cristianos, ejerciendo inicuamente y sin piedad la pravedad usuraria contra los dichos cristianos (…) como contra enemigos y reputándolos idólatras, de lo cual graves querellas de nuestros súbditos y naturales a nuestras orejas han prevenido”. Denuncia que retomaría, entre otros, Lutero con verdadera furia. La identificación de los judíos como usureros era casi general en toda Europa, aunque realmente solo una parte de ellos se especializaba en tal práctica, así como en préstamos a la oligarquía y a los monarcas, siempre inclinados a gastar más de lo que ingresaban; aunque en este caso la usura era menor, y con riesgo de perder el dinero si el deudor hacía uso de su poder para no pagar. Por otra parte, muchos judíos participaban en el cobro de impuestos, lo que no aumentaba su popularidad.

Tales prácticas resultaban más humillantes para los cristianos por cuanto consideraban a los prestamistas “el pueblo deicida”, un grupo inasimilable, extraño y dañino por el efecto corrosivo de su religión; en España, la aversión se extendía a la memoria de su colaboración con la invasión islámica. Por supuesto, el odio era mutuo, si bien impotente en los judíos, salvo por medios indirectos como la usura. De hecho habían intentado sofocar el cristianismo en sus orígenes y cuando habían tenido ocasión, como en la rebelión antirromana del “mesías” Bar Kojba, habían aplicado una brutal represión a los cristianos.

Aplastados por Roma y dispersados en débiles minorías, todavía cuando tuvieron ocasión, como en 614 y en alianza con los persas, tropas judías cometieron la matanza de Mamilla asesinando a decenas de miles de cristianos indefensos, sin importar edad ni sexo, en la ya cristiana Jerusalén, como recuerda M. A. García Olmo. Por lo demás, la Biblia ofrece bastantes pasajes de conducta similar hacia los “no elegidos”. Precisados de protegerse como “pueblo elegido” contra los “no elegidos” en un ambiente hostil, practicaban formas de solidaridad que a ojos de los gentiles les convertían en una sociedad opaca dedicada a ocultos manejos, acusación ya presente en Roma y entre los visigodos.

Es indudable que el odio antiijudaico ha llegado a alcanzar grados de auténtica paranoia en Europa, y originado crímenes terribles, bien recordados –que no tienen nada que ver con la expulsión de España en el siglo XV– pero no debe olvidarse que la hostilidad era mutua, y ejercida de forma indirecta por al menos una parte de los hebreos. Entender los hechos obliga a evitar las versiones simples de “buenos y malos”.

Los Reyes Católicos favorecieron al principio a los judíos: “Son tolerados y sufridos y nos los mandamos tolerar y sufrir y que vivan en nuestros reinos como nuestros súbditos y vasallos”; y los protegieron anulando normas como las de Bilbao, que obligaban a los comerciantes hebreos a pernoctar fuera de la ciudad, con riesgo se ser asaltados, y restricciones semejantes. Reaparecieron en la corte judíos como Abraham Seneor, que llegó a administrar las rentas del reino y a tesorero de la Santa Hermandad.

Sin embargo, en 1483 fue nombrado inquisidor general Tomás de Torquemada, a quien se atribuye algún antecesor converso, en todo caso secundario; aunque los conversos abundaron entre los alto cargos inquisitoriales. Torquemada ha sido objeto de juicios contradictorios, ya como paradigma del más cruel fanatismo, ya como “martillo de los herejes, la luz de España, el salvador del país” (Sebastián de Olmedo). Defendió la tortura, pero aplicándola mucho menos que los tribunales corrientes; organizó cárceles más habitables que las ordinarias, veló por la buena alimentación de los presos y combatió la corrupción judicial y las denuncias falsas, acordando que quien acusase falsamente a otro recibiese la pena prevista para su víctima. Al mismo tiempo fue inflexible en la persecución de la herejía, sin reparo en llamar ante el tribunal a nobles u obispos. Considerado incorruptible, procuraba la reconciliación de los acusados.

Como fuere, Torquemada abogó por la expulsión, decidida por decreto real a finales de marzo de 1492. Los judíos disponían de cuatro meses para liquidar sus bienes e irse. La orden regia no aludía a las acusaciones populares de sacrilegios y asesinatos rituales (en los que probablemente no creían las personas ilustradas), ni a la usura, exceptuando el mencionado escrito de Fernando. El motivo invocado era religioso, el contagio de herejía.: “Procuran siempre, por cuantas vías más pueden, de subvertir y sustraer de nuestra santa Fe Católica a los fieles cristianos, y apartarlos de ella”.

Los Reyes Católicos debieron de esperar que en tal aprieto la comunidad hebrea se diluyera mediante la conversión, y se prodigaron las exhortaciones. El prestigiado Abraham Seneor se convirtió e hizo proselitismo entre los suyos, pero la mayoría persistió en su fe.: los rabinos habían robustecido moralmente a la comunidad.

¿Cuántos emigraron? Entre 50.000 y 200.000 según cálculos. El número de aljamas, contabilizado por Luis Suárez, ofrece la mejor pista. En Aragón quedaban 19, con un máximo de 1.900 familias, es decir, en torno a 10.000 personas, probablemente menos; y solo ellas suponían el 85 por ciento de todas las de la corona, distribuyéndose el 15 por ciento restante entre Valencia y Cataluña, de donde habían huido muchos a Castilla. Esta contaba 224 aljamas, que a cien familias por cada sumarían 22.400 familias y unas 100.000 personas, pero probablemente no llegaban a la mitad, ya que una aljama de 200 familias era excepcional, pocas tenían más de 50 y muchas no pasaban de 20 o 30. Por ello la cifra real de judíos no debió de superar los 60.00 en toda España, y de ella habría que deducir varios millares de conversos de última hora.

La suerte de los expulsados fue dolorosa. Se tomaron medidas para evitar abusos contra ellos, pero la compraventa de sus bienes debió de dar lugar a abusos. En largas filas menesterosas marcharon al destierro, sostenidos por los rabinos que les exhortaban y hacían que las mujeres y muchachas cantaran y tañeran instrumentos musicales para elevar los ánimos. El Imperio otomano los acogió bastante bien, asombrándose de que España prescindiera de gente tan hábil para hacer dinero, y en Portugal solo pudieron mantenerse breve tiempo. Otros marcharon a Italia o a Flandes. Padecieron más los que recalaron en el norte de África, donde muchos fueron reducidos a la esclavitud. Quizá un tercio de ellos volvieron a España a bautizarse.

Los estudiosos han discutido los motivos de la expulsión, desde el afán de reyes y nobles de enriquecerse con los bienes de los judíos, hasta el racismo o la “lucha de clases”. En realidad los reyes eran conscientes de que la medida sería poco rentable –aunque ni de lejos desastrosa, como se ha dicho, porque la economía española prosperaba por entonces y, contra una idea frecuente, el peso de los judíos en ella era débil—. Las razones expuestas en el decreto son exclusivamente religiosas, como vimos, y debe recordarse que la herejía se consideraba un grave riesgo de descomposición social y discordias civiles.

Paradójicamente, no se adoptaron al principio medidas similares contra los mudéjares, que en Aragón y Levante se acercaban al 20% de la población. Los de Granada gozaban de derechos y privilegios, como no pagar más impuestos que antes, conservar armas blancas o denunciar abusos de gobernantes y provocar su destitución. Podían mantener su religión y propiedades, su sistema legal y educativo, llevar la ropa que quisieran, no las capas que identificaban a los judíos, retener a cristianos islamizados… Estas normas creaban casi un estado dentro del estado, lo que chocaba con el impulso racionalizador de los reyes. El odio a los mudéjares era menor que hacia los judíos. Sin embargo, también constituían un cuerpo social extraño, agravado como potencial quinta columna de los musulmanes de África, solo separados por el estrecho de Gibraltar, los cuales practicaban una piratería sistemática y daban a los moros peninsulares esperanzas de un cambio de tornas, recordando las grandes invasiones del pasado.

Por consiguiente, la política hacia los mudéjares cambió. Las predicaciones apenas dieron resultado, y en 1499 se adoptó una postura más drástica. Sus libros religiosos fueron quemados y los científicos enviados a la Universidad de Alcalá de Henares. Miles de mudéjares se convirtieron y otros más se rebelaron en Granada y las Alpujarras en 1500. Sofocada su rebelión, aumentó la severidad hacia ellos, y en 1502 se les aplicó la misma opción que a los judíos: convertirse o marcharse. La gran masa aceptó el bautismo, pero mantuvo sus tradiciones, costumbres, vestimenta y, ocultamente, su religión, recibiendo el nombre de moriscos. Así, el peligro persistió, y cada vez más agobiante conforme aumentaba la piratería magrebí y, sobre todo, los turcos imponían su hegemonía naval en el Mediterráneo, acercándose a España.

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