Ni constitucionalistas, ni independentistas. Por Juan E. Pflüger

Han pasado las elecciones que nunca debieron convocarse en Cataluña. Mes y medio después de la no-aplicación del artículo 155, los llamados partidos constitucionalistas han vuelto a hacer el ridículo y a dejar claro que cuarenta años de adoctrinamiento no se cambian por mucho que Rajoy diga que ya está todo solucionado. ¿Seis semanas contra cuatro décadas? Y ni siquiera se han intervenido elementos tan determinantes como la televisión y la radio pública catalana. La educación adoctrinadora, ni tocarla. Ni qué decir tiene que los partidos y asociaciones –como Omnium Cultural o Asamblea Nacional de Cataluña- que pretenden la ruptura de España han seguido actuando libremente.

Pues eso, que se han enfrentado en esa mentira lo que ellos llaman independentistas contra constitucionalistas. Y nadie ha sido capaz de explicar el gran engaño de que ni unos buscan la independencia ni los otros la defensa de la constitución.

Los mal llamados constitucionalistas, denominación que se han inventado los separatistas y que los memos del PP, el PSOE y de Ciudadanos no han dudado en asumir como si ello fuera un motivo de orgullo, han hecho un ridículo más. Se han presentado como el freno al separatismo y no lo han conseguido. Pero dejemos claro una cosa: ninguno de estos partidos defiende la Constitución, mucho menos a España. Lo único que defienden es su “cuota de mercado” en este juego mercantilista en el que se ha convertido la política tras el texto de 1978.

No me gusta esta constitución, partamos de esa base. No puede gustarme si permite la desintegración de España en ese puzle de autonomías que tiene como tendencia natural la desintegración de la unidad de la Patria. No puede gustarme si da cabida al crimen aberrante del aborto, que legaliza el exterminio de 120.000 niños al año mientras están en el vientre de su madre. Tendré que rechazarla si es una constitución que ataca a la familia y permite –gracias a esa interpretación generosa que dice el Tribunal Constitucional que se debe hacer- el matrimonio homosexual al que da en adopción a niños, como si fuera un derecho de los homosexuales y no de los niños.

No son constitucionalistas, son mercantilistas. Lo mismo venden una obra pública al mejor postor a cambio de un “3%” que comercian con la unidad de España a cambio de ese nefasto concepto, acuñado por Felipe González y José María Aznar, de la gobernabilidad.

Pero si mienten los mal llamados constitucionalistas, peor es el caso de los que se denominan independentistas. ¿Independencia? Otra perversión del lenguaje de la izquierda y sus secuaces. La palabra independencia tiene un carácter positivo que no debemos consentirles. Pero además significa que se añora recuperar una independencia que, supuestamente, les hemos robado los españoles. Y no hay nada de eso.

Son separatistas, porque quieren separar un territorio que nunca fue independiente de un país que siempre fue una realidad unida con unos principios y unos valores. Con un objetivo común que los separatistas quieren destruir.

No es un duelo de constitucionalistas contra independentistas. Es un enfrentamiento de quienes quieren romper España para desgajar un trozo de su territorio, y por lo tanto de su esencia nacional, contra quienes la llevan rompiendo cuatro décadas degradándola moralmente, legalizando el crimen, rompiendo su sentimiento de unidad y de identidad al relativizar su realidad.

Entre eso han tenido que elegir los catalanes. Entre eso, elegimos los españoles cada cuatro años.