La libertad de pensamiento durante el franquismo. Por Manuel Escolano

En estos tiempos que corren, resulta casi blasfemo defender la libertad de pensamiento que existÍa en España durante el régimen de Franco, pero fíjate que yo la añoro.

Es cierto que no podías escribir en un periódico lo que pensaras (hoy, tampoco), afiliarte a un sindicato o un partido que te representase y defendiera tus intereses (hoy, tampoco)… pero ésas son otro tipo de libertades. Quiero decir con esto que, si bien formalmente la sociedad actual ofrece más posibilidades de expresar tus opiniones, realmente no es así. Los medios de comunicación están al servicio de una corriente de pensamiento único, las resoluciones judiciales están mediatizadas por el poder político; la gran empresa, los sindicatos, partidos y medios de comunicación juegan a espaldas de los grandes objetivos de la nación, etc. No puedes salirte del guión.

Pero es verdad: tú no podías ridiculizar a Franco en un periódico o en una viñeta. Ahora si puedes, por ejemplo en El Jueves, reírte del Rey (de Franco, por supuesto), o de quien sea.

Naturalmente, no resultan hilarantes personajes como el Ché Guevara, Mao, Stalin, ERC (todos), feministas, inmigracionistas, etc. Solo es gracioso Martínez el Facha.

Pero no es a esto a lo que yo me quería referir si no a la libertad de pensamiento de verdad.

Yo creo firmemente que ésta era mucho más amplia en tiempos pasados. Tú podías pensar lo que te daba la gana, y de hecho, lo hacías.

En mi caso, no soportaba el colegio religioso en el que estaba. Me lo comí hasta COU, desde tercero de básica… pero yo era libre de seguir pensando lo que me diera la gana. Y pensaba, claro que sí. Nadie me decía lo que tenía que pensar: Me decían lo que tenía que hacer. Me lo decían, lo hacía y seguía pensando. Seguía siendo crítico con las cosas que veía y que escuchaba. Unas me parecían bien, y otras mal. Me lo parecía a mi. Nadie me decía lo que me tenía que parecer. Esa crítica, y el hecho de que fuera mía y no impuesta ni enseñada, hace que ahora yo pueda juzgar a los religiosos, creo, con ecuanimidad. Ni son todos santos, ni son todos abusadores de niños.

Franco murió y, para mí, era el señor que salía en las monedas de peseta. Presumo que como para la mayoría de mi generación. En mi casa no se hablaba de la guerra civil jamás. Se hablaba “de la guerra”, de sus desgracias y de sus penas, que fueron para todos (mi madre la sufrió en la España Nacional, y mi padre, en la Republicana). Nadie nos dijo lo que teníamos que pensar. Que no se pudiera sacar en procesión el retrato de mi tío Manolo (miliciano comunista), no quería decir que, en mi casa y en su pueblo, se le tuviera por una excelente persona y se pensara y se dijera libremente así. Era un muerto de la guerra. Punto.

Eso no es así ahora: tienes plena libertad de expresar lo que piensas… siempre y cuando pienses lo correcto. Y que pienses lo correcto es que no pongas en duda lo que, correctamente, tienes que pensar. Luego, ya lo puedes expresar muy libremente. Es decir, no es que lo correcto sea ser, por ejemplo, antifranquista: es que ni te plantees lo contrario, que repitas opiniones aprendidas, que te horrorice siquiera escuchar una opinión diferente a la tuya (¿tuya?).

¿Nunca te ha llamado la atención el cine español? No hay una sola película decente sobre la historia de España, el descubrimiento… No hay una sola película sobre la Guerra Civil vista desde la óptica del bando nacional. No hay un solo personaje, en el bando nacional, que sea ingenioso, humano, idealista o, simplemente, con sentimientos. No tienen su personalidad: son como los indios que dan vueltas alrededor de los carromatos en las pelis del oeste. Son “los indios”, como si fueran todo uno, sintieran y pensaran como uno. No se individualizaban. Los indios. Los fachas.

No hay ni un solo homosexual, prostituta, progre, etc, que salga en series de televisión, que no sea, no solo guay, si no que no sea inmaculado. No hay ni un inmigrante que haya venido aquí a aprovecharse de las ayudas sociales. Ni uno. Ni ninguna prostituta que ejerza su profesión porque no quiera trabajar y pagar impuestos. Es que ni una. No hay ningún homosexual que, además de homosexual, sea borracho, o maltratador, evasor de impuestos o que, joder, se salte un semáforo en rojo… No, no , por Dios. Son todos, siempre y sin excepción y por este orden, unos luchadores, unas víctimas y unos guays del Paraguay… Y yo, por decir estas cosas, por simplemente asombrarme de tanta perfección y pureza, soy un xenófobo, un machista, un homófobo…

2 Comments on "La libertad de pensamiento durante el franquismo. Por Manuel Escolano"

  1. Qué razón tiene, D. Manuel, con lo díscolos que fuimos de chavales, y lo críticos que nos mantuvimos con la autoridad y sacerdotes, y cómo con el tiempo, otros llegarían que hicieron al abuelo Paco, más que bueno.

  2. Jose Ignacio García-Ochoa y García | 12 diciembre, 2017 at 11:55 am |

    La libertad debe ser otra cosa. Pues a pesar que nos dicen que ahora la disfrutamos, yo como ciudadano normal “disfruto” de menos libertades que hace unas décadas. Sera que no me he leído el libro de instrucciones.

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